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sábado, 7 de noviembre de 2009

Eterna Partida III. Rey.

De la noche a la mañana, los colores ya no existían. O más bien sólo uno, que a la vez era todos ellos. Quedó el Todo y la Nada, la Presencia y la Ausencia, el Blanco y el Negro. Al levantar la vista vi un ejército de blancas figuras frente a mí, desafiantes. Mi cerebro se negaba a aceptar esa nueva realidad, y esperaba despertar en cualquier momento de este sueño que comenzaba a tornarse pesadilla. Sentí angustia y desazón al notar todas las miradas sobre mí, todos esos ojos azabache esperando una señal mía. Entonces asumí lo que inconscientemente ya sabía y me despojé de todo recuerdo de mi vida anterior.
En la lejanía, una pequeña figura nacarada avanzó un paso.
No había vuelta atrás, la partida había empezado.
Yo era el Rey Negro, y tenía un ejército que dirigir.
Para los nuevos en la Torre, sabed que hay dos minicuentos que se relacionan con éste:

sábado, 16 de mayo de 2009

Eterna partida (II).Peón.


Se sintió sólo en medio del tablero.
Frente a él, un impresionante ejército negro había quedado reducido tanto como el blanco. Tras de él sentía el aliento de los suyos. Flanqueándole, la nada, el vacío, los huecos dejados por sus compañeros caídos en la batalla. Se sintió pequeño, muy pequeño en aquella llanura cuadriculada que ya olía a muerte y desolación.
Una figura relinchante y oscura le miraba de forma amenazadora, tan sólo disuadido en su afán de aniquilarle por el picudo y nacarado alfil que en su diagonal le protegía con su vida.
Desde la retaguardia, surgió el eclipse. Una inmensa mole negra como un abismo sin fondo se colocó frente a él y lo miró fijamente. Su cuerpo adoquinado y sus movimientos rectilíneos, su cabeza coronada por las impresionantes almenas y su esbelta y robusta figura le infundieron el temor que le faltaba para ponerse a temblar ante la amenaza de una muerte cierta.
Pero de repente, sintió una ola de luz que se acercaba tras de sí. Las figuras negras frente a él alzaron la vista ante la majestuosa presencia que se colocó a su lado y que le envolvió en su manto de protección, desafiando al tablero entero con un rugido amenazador. Embelesado, miró hacia arriba con esperanza y devoción.
-Vamos, mi valiente peón, tenemos que llegar al final de sus líneas y vengar a nuestros compañeros.
Un fuego en su interior le recordó a sus amigos caídos en la batalla. Y desapareció el ejercito negro ante sus ojos; sólo existía un pasillo que le llevaba al final de la cuadrícula, jaula de su existencia. Mientras avanzaba, sentía como sus compañeros caían a ambos lados en un intento desesperado por protegerle, por llevarle escoltado hacia su destino, que también era la esperanza de todos. A lo lejos vió a su Reina caer mientras le lanzaba un guiño de complicidad...
Y llegó al final del tablero, sintió como su pequeño cuerpo de peón se expandía de regocijo y clamaba sed de venganza. Un fulgor inmenso explotó dentro de él y observó, esta vez desde su posición elevada, que el ejército negro temblaba ante él.
Todo el mundo, por pequeño que sea, puede hacer algo grande.
El temeroso pero aguerrido peón era ahora la nueva Reina Blanca.

martes, 12 de mayo de 2009

Eterna partida

V. alzó la mirada hacia M., que sonreía de satisfacción
-Es jaque mate- observó apesadumbrado V.
-Lo sé, -respondió M. de forma jactosa- pero me gusta ver como te esfuerzas en buscar una salida.
V., resignado, volcó su marfileño Rey Blanco sobre el tablero de cuadros nácar y azabache, mientras un sonido hueco acompañaba al movimiento en su agónico final.
- No sé cómo no te cansas de perder siempre- se regocijó M.
-Tu objetivo es ganar-replicó V.- El mío simplemente es jugar, porque entre el inicio y el final, las piezas se divierten.
M. observó a V. entre incrédulo y extrañado. Le costaba entender esa filosofía.
Iniciaron una nueva partida. Muerte siempre acababa, pero Vida siempre empezaba de nuevo.


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