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miércoles, 4 de enero de 2012

Crónicas Suburbanas III

Por las noches la multitud ha abandonado los vagones. Éstos circulan fantasmalmente, casi vacíos de almas, tal vez aligerados de su carga diaria, tal vez melancólicos del gentío de las horas punta.
¿Preferiran el silencio incómodo de la muchedumbre o quizás el silencio obligado de la ausencia de inquilinos temporales? Habría que preguntarle al tren. A las ruedas o a los asientos, a la locomotora o al tren de cola. Igual tienen sentimientos encontrados, lo mismo que a nosotros a veces la razón en ocasiones nos dicta un camino y el corazón nos indica otro.

En el punto medio del recorrido, centro y dueño de nuestros destinos, suben más viajeros, borrando de un plumazo el silencio inspirador; familias que entran charlando, móviles parloteando. Añoro cuando se perdía la cobertura en cualquier túnel. Ahora se cruzan conversaciones, tropiezan diferentes tonos de voz, se entrelazan, desentonan y todos juntos forman un run-run antipático y abrumador. Las ruedas chirrían en señal de protesta, un politono les contesta, y mientras, el gusano metálico continúa fiel a su itinerario premarcado.

Risas nocturnas, idiomas diferentes, voces graves y agudas, cada uno en su burbuja particular ajenos a su alrededor, sin entender que sus voces, sus ruidos, no respetan las fronteras...





Añoro el silencio

miércoles, 19 de octubre de 2011

Crónicas Suburbanas II.

En esta época se mezcla en los vagones la ropa que viene con la que se va, los pantalones de pana con los de lino. A las 15:00 horas de un viernes, se entremezclan los trajes de chaqueta de Emilio Tucci con las camisetas de manga corta de Zara, los maletines de ordenadores con las mochilas del que lleva la vida de un día a cuestas. Rostros cansados y somnolientos contrastan con otros iluminados ante la perspectiva de un fin de semana.
Por lo demás, lo habitual; libros tomados como refugio, bastión y cárcel de aislamiento, escudo contra el de enfrente. Auriculares variados, acordes suficientemente altos para advertir un "no te escucho", aderezados con miradas que se pierden en la lejanía.Frente a mí, de perfil, charlan dos compañeros de trabajo, hablan de un taller. Frente a ellos un señor cercano a la jubilación, tez morena, bigote hirsuto, ojea el periódico gratuito por encima de las gafas. Pantalón de pana y camisa de manga larga, arriesgado aún para esta época.
Al otro lado un muchacho de pelo rubio enmarañado y barba vikinga, mochila verde militar, dormita a ratos. Zapatos negros, gastados, informales, pantalón de chándal...suena un móvil a mi derecha. El propietario, orondo, de camisa apretada y rostro lunar, despierta sobresaltado. Conversación breve, se agradece el tono bajo de voz, aunque quizás no pueda ser de otro modo, ya que su boca es inusualmente pequeña, como la de los pececillos de una pecera acercándose al cristal...Nueva parada. Se levanta el chico vikingo y se sienta una chica morena. Se vuelve a levantar y escoge otro sitio más alejado. No le ha gustado el sitio. Al lado hay una mujer de mediana edad en estado de duermevela, encorvada algo hacia delante, más por cansancio que por la edad.
Siguiente parada; la mujer semiencorvada llega a su destino, y su lugar (el del vikingo) lo ocupa una chica morena y rellenita y al lado un chico delgado de tez afilada. Se conocen y charlan. La chica se parece al señor de boca de pez y rostro lunar, que curioso.Siguiente parada. El tren frena, el chico de boca de pez se levanta, el señor de mediana edad que cabecea a ratos, sentado junto a mí, también, y uno de los compañeros de trabajo deja sumido en la mudez al otro. El tren comienza a vaciarse fruto y señal de que se acerca a su destino final.

La siguiente es la mía

Salgo, dejando atrás a mis compañeros de viaje, para cambiar de destino, en otro viaje lineal, dirigido y cronometrado...

miércoles, 15 de junio de 2011

Crónicas Suburbanas I. Saxo en el vagón

El sonido del saxofón se acopla con el de la armónica y juntas disputan una feroz contienda contra el bisbiseante murmullo del discurrir del tren sobre los raíles. Ritmos cambiantes, melodía alegre, vivaces corcheas lanzadas al aire, flotando sobre un tapiz metálico y cotidiano. Los músicos juegan a ser equilibristas con el impredecible vaivén inercial del vagón. Atentos a los frenazos antes de cada estación, a las aceleraciones tras el flujo entrante y saliente de gotas humanas que discurren como autómatas nadando entre las notas musicales, prevenidos ante los bandazos laterales, atrapados en dos direcciones posibles de movimiento fatal, contrastando con la espacialidad musical. El tiempo es el mismo para ambos. Es el campo de batalla, el tablero donde se miden las fuerzas y el juez que otorga las armas, los ritmos en este caso. El entorno, el ambiente, se enriquece, y en cada parada en el que los instrumentos y los railes agitan la bandera blanca para permitirse un descanso, hay un instante donde emerge, imperante, la monotonía.
Su reinado sólo dura unos segundos.
Todo vuelve a empezar. La batalla sigue su curso, los músicos siguen combatiendo el tedio diario, adornando con pentagramas la insulsez de los trayectos.
No he visto que nadie les de las gracias.

"Trayecto a media mañana en la línea 10 de Metro"


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