Por las noches la multitud ha abandonado los vagones. Éstos circulan fantasmalmente, casi vacíos de almas, tal vez aligerados de su carga diaria, tal vez melancólicos del gentío de las horas punta.
¿Preferiran el silencio incómodo de la muchedumbre o quizás el silencio obligado de la ausencia de inquilinos temporales? Habría que preguntarle al tren. A las ruedas o a los asientos, a la locomotora o al tren de cola. Igual tienen sentimientos encontrados, lo mismo que a nosotros a veces la razón en ocasiones nos dicta un camino y el corazón nos indica otro.
¿Preferiran el silencio incómodo de la muchedumbre o quizás el silencio obligado de la ausencia de inquilinos temporales? Habría que preguntarle al tren. A las ruedas o a los asientos, a la locomotora o al tren de cola. Igual tienen sentimientos encontrados, lo mismo que a nosotros a veces la razón en ocasiones nos dicta un camino y el corazón nos indica otro.
En el punto medio del recorrido, centro y dueño de nuestros destinos, suben más viajeros, borrando de un plumazo el silencio inspirador; familias que entran charlando, móviles parloteando. Añoro cuando se perdía la cobertura en cualquier túnel. Ahora se cruzan conversaciones, tropiezan diferentes tonos de voz, se entrelazan, desentonan y todos juntos forman un run-run antipático y abrumador. Las ruedas chirrían en señal de protesta, un politono les contesta, y mientras, el gusano metálico continúa fiel a su itinerario premarcado.
Risas nocturnas, idiomas diferentes, voces graves y agudas, cada uno en su burbuja particular ajenos a su alrededor, sin entender que sus voces, sus ruidos, no respetan las fronteras...
Añoro el silencio