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viernes, 23 de septiembre de 2011

Lazos de Sangre. El cubo azul



No se porqué algunas imágenes de la infancia quedan grabadas a fuego en la mente sin que parezca que exista un acontecimiento importante a su alrededor que lo justifique. Yo recuerdo un cubo redondo azul claro, de esos que se utilizan para fregar, pero sin el escurridor. Muchas veces lo utilizamos cuando vamos a encalar una pared, algo que en el sur se lleva mucho, porque el diseño de las casas está más pensado para soportar el verano que el invierno, al contrario que en el norte, donde la piedra sustituye a la cal. Ambas cosas tienen encanto y funcionalidad a partes iguales.
El cubo azul en mi mente es nítido. De forma más borrosa aparece un escenario difuminado, seguramente mezcla de ficción y realidad. Existe un edificio blanco y alargado de tejas descoloridas por el sol andaluz y algunos árboles de dudosa altura y especie perdida en la nebulosa de los recuerdos. Un suelo pedregoso, inundado de hojas muertas en ocasiones, quizás un sendero tortuoso hecho a base de incontables idas y venidas de neumáticos...Puede que una verja de acceso, pero ya es aventurar demasiado. Puede que haga más de un cuarto de siglo. Y de niños, todo parece más grande.

Hay una figura más nítida aún que ese cubo azul. El cubo azul está entre sus piernas, él en una especie de taburete y dejaba caer un fruto amarillento dentro del cubo. Es mi abuelo Santiago. Mucha gente no sabe lo que es un higo chumbo, pero en Andalucía son muy comunes. Cogerlos y pelarlos es fácil. Lo difícil es no pincharse con sus espinas, pero mi abuelo cogía la fruta con sus manos y con una habilidad fascinante pelaba la fruta y la echaba al cubo azul. Una tras otra y de vez en cuando me daba uno para mi deleite, pues me encanta ese fruto dorado y dulzón. Y para mí, mi abuelo era el dueño de todo porque era el que entraba y salía en esa enorme casona blanca y me montaba en el tren y se paseaba por él y todo el mundo le saludaba. Y yo creía que era el dueño del tren, de las vías y del mundo entero.


Esa casona blanca creo que era una estación de tren de las antiguas, ese páramo pedregoso y arbolado eran las dependencias de RENFE y mi abuelo trabajaba allí. No era el dueño de nada de eso, ni de la casona, ni del tren, ni del mundo entero. No le hacía falta, pues mientras que algunas personas llenan su cubo azul de pepitas de oro, otros lo prefieren llenar de frutos dorados mientras hablan con su nieto.
Mi abuelo era y es dueño de otras cosas bastante más intangibles. Es el dueño de las reuniones familiares, porque su rostro se ilumina cuando su gente está cerca. Es el dueño del mando de la televisión y bucea siempre entre un pelota sobre un césped verde o un desierto lleno de pistoleros. Le encantan los cactus y las porterías. Es el dueño de los crucigramas en la hora de la siesta, quedándose dormido sobre aquellos cuadros blancos y negros donde ponía las letras. Las gafas semicaídas, el bolígrafo vertical entre sus dedos y un ronquido creciendo en intensidad forma parte también de mis recuerdos más lejanos. Es el dueño del cuchillo jamonero, que saca con presteza cuando estamos todos revoloteando por la casa y lo alterna con ese cuchillo con la punta curvada hacia arriba que le sirve para cortar el queso y pincharlo a la vez. Es el dueño indiscutible del dominó y de las barreras del parchís, donde se atrinchera esperando sin piedad a que pasemos alguna de nuestras fichas para devorarla con una carcajada de satisfacción.
No le hace falta una enorme casona blanca, ni un tren enorme. No le hace falta el mundo entero. Mi abuelo es dueño de gran parte de mis recuerdos.
Es una riqueza incomparable dejar esa huella en tus nietos.

lunes, 29 de agosto de 2011

El Origen del Caos

Desde que puse la primera piedra de esta Torre he estado dándole vueltas a una entrada que reflexionara sobre los orígenes de mis tendencias caóticas y a la ciencia ficción. Son cosas distintas pero entrelazadas.

Cuando yo era aún un adolescente solíamos pasar largas temporadas de verano en Jaén, donde el insufrible calor del interior andaluz nos recluía sin remedio a toda la familia en la única habitación que tenía aire acondicionado, que por aquel entonces era un lujo. Uno de estos veranos, uno de mis maestros (a mi padre siempre le ha gustado más que le llamen maestro que profesor así que para mí, mis profesores de EGB fueron mis maestros) me dejó tres libros que conformaban una Trilogía. Eran unos libros de bolsillo que no me sonaban a nada, pero que mi maestro, de matemáticas, me dijo que me gustarían. Se equivocaba. No me gustaron. Me fascinaron, me sorprendieron, y expandieron de forma automática la visión de las cosas que hasta entonces tenía. Se abría un nuevo campo para mí; el de la ciencia ficción.

Estos tres libros se conocen como la Trilogía de las Fundaciones de Isaac Asimov: Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación. La forma de escribir de Asimov hace que los conceptos de ciencia ficción que se manejan en el libro parezcan cercanos y posibles, y para alguien que no había cumplido los quince años, descubrir la capacidad que puede tener el ser humano para jugar con su imaginación fue todo un regalo.

Me interesé de tal modo por el universo futuro que había creado Asimov que me leí gran cantidad de sus relatos concebidos como una historia de la humanidad desde nuestro presente hacia el futuro. Y en esta variedad de libros fui descubriendo aspectos desconocidos de la mente humana, del comportamiento social e individual, y de que, efectivamente, la historia se repite, aunque sea a escalas distintas y con puntos de referencia diferentes.Y entre sus páginas empecé a pensar sobre el comportamiento de los seres humanos a nivel individual y a nivel colectivo. De cómo lo primero es casi impredecible y lo segundo puede ser más o menos predecible en función de ciertos parámetros y si se tuvieran en cuenta todos y cada uno de ellos, además de la interrelación entre los mismos.

A base de mucho leer y conforme he ido caminando por la vida, he ido anotando y observando que todas nuestras acciones pueden tener consecuencias imprevisibles. Si bien puedes jugar con las probabilidades y estar seguro de que si lanzo una pelota hacia arriba, volverá a caer, hay muchos aspectos de la vida tan enredados que no somos capaces de ver las distintas relaciones de causa y efecto. Caminamos rápido, analizamos a posteriori y generalmente sólo tenemos en cuenta un par de variables cuando quizás haya cientos o miles.

El hecho de que mi maestro de matemáticas me dejara esos libros hace casi veinte años quizás sea el punto de partida de que hoy estés leyendo estas líneas en la Torre del Caos. Evidentemente hay muchos afluentes por medio, ya que si no se hubiera inventado internet tampoco tendría herramientas para crear la Torre.

Y curiosamente, los ciclos se cierran, porque esa persona que me dejó los libros ahora puede leer sobre este hecho. No comenta pero se que me lee. Y lo que para él fue un hecho sin más en su vida, para mi fue algo crucial y determinante. ¿Cuantas veces habremos hecho algo en la vida de forma cotidiana que sin embargo para otra persona ha marcado un hito en su historia? ¡ Que gran invento sería un mapa de la vida de cada uno donde pudiéramos marcar estos hitos y ver donde se cruza nuestra vida!

Este verano cuando he ido a casa de mis padres a pasar unos días me he encontrado a Don Roque por la calle, tan deportista como siempre. Don Roque fue mi maestro de matemáticas. Antes llamábamos a los maestros de Don aunque fueran cercanos y luego ya es dificil quitar la costumbre. He de darle las gracias, porque, al fin y al cabo, me enseñó el camino de las matemáticas y el de la ciencia ficción.
Al fin y al cabo, contribuyó al Origen del Caos que ahora rige mi universo

jueves, 7 de abril de 2011

Lazos de acero I.











Escuchar a Loquillo y los Trogloditas es para mí sinónimo de recordar viejos tiempos con nostalgia y alegría. Nostalgia de aquellos años de adolescencia y juventud con pocas preocupaciones y muchas ilusiones. Alegría al recordar que tuve una suerte enorme de encontrarme con una serie de personas que acabaron marcando mi vida para siempre y a los que le debo parte de lo que soy actualmente. Han aumentado las preocupaciones con los años. Pero no me ha mermado la ilusión, quizás porque supe distribuirla y compartirla con amigos de aquellos que jamás abandonan tu camino.

Quiero comenzar una serie de capítulos hablando de mis amigos de la infancia, que fueron los de la adolescencia, los de la juventud, y siguen siendo pasada la treintena. Más de un cuarto de siglo contemplan nuestras andanzas.


Escuchar a Loquillo es ver a mi amigo Francis. El no es feo ni excesivamente formal, pero si bastante fuerte. Describir a Francis es hacerle perder personalidad; es de aquellas personas que hay que conocer para poder comprender su capacidad de atraer a la gente. Quizás con la primera impresión parezca algo tímido y de pocas palabras, impresión se borra en cuanto le rodea un grupo con el que se siente agusto, porque irremediablemente se vuelve el centro de la reunión. No porque lo pretenda, ni le guste acapararla. Es algo natural, innato. Hay personas que buscan ser el centro de atención. Otras simplemente lo son por naturaleza, por afinidad con el entorno, por su forma de hablar, de explicar, de convencer, de mirarte o de hacerte sentir. Si tuviera que elegir una palabra creo que eligiría despreocupación. Con Francis siento despreocupación de los problemas diarios, se me tornan superfluos e insignificantes.


Yo llegué a Estepona con casi siete años, llorando por haber dejado atrás a mis amigos y a todo lo que conocía hasta entonces.Si hubiera podido ver la película de lo que sería mi vida en el futuro, hubiera comprendido que el irme a vivir a ese pueblo de la costa malagueña fue un guiño del destino. Yo no sería Yandros si no hubiera vivido tantos años allí. Yo no sería Yandros si mis amigos no hubieran irrumpido en mi camino.Yo no sería Yandros si no hubiera tenido los maestros que he tenido, los padres que la vida me ha regalado, la familia que me ha querido, la Señora del Caos que he conquistado...

Y yo no sería Yandros si no hubiera conocido a Francis.

Siempre he sabido que puedo contar con él, como dice la canción. La sabía antes de terminar la EGB despues de siete años en la misma clase, antes de terminar el Bachillerato, de los viernes de futbolines, de las risas en las clases de inglés de la Casa de la Cultura, antes del viaje a Hernan-Valle, antes de la Sauceda, de las tardes de canciones de Sol Negro donde el ponía música a mis letras a ritmo de guitarra, antes de irme fuera de Estepona a estudiar. Lo he sabido siempre que vuelvo a encontrarme con él, en las barbacoas que celebramos en su casa y siempre que volvemos a recordar, una y otra vez, anécdotas de mas de un cuarto de siglo de historia, para desesperación de nuestras sufridas esposas que han de escuchar la misma retahíla una y otra vez cuando nos juntamos los amigos.



Pero una historia contada por Francis, una, dos, tres y cuatrocientas cincuenta y siete veces, nunca es la misma historia. Siempre hay algún gesto, alguna palabra, algún recuerdo adicional que todos esperamos. Y nunca defrauda. Ni contando historias ni como amigo.





martes, 2 de noviembre de 2010

Océano de balasto


De pequeño me monté alguna vez que otra en el tren con mi abuelo. Un tren de los de antes, con asientos de skay color rojo oscuro, agarraderas de cuero y un traqueteo incesante y soporífero. Las puertas del tren iban abiertas en un desesperado intento por disimular los asfixiantes cuarenta grados que abrasaban el campo de mi Andalucía de interior. Me llamaban la atención aquellas piedras grises sobre las que volaba el tren, los hilos que le conferían un aspecto enigmático y titiritero, las maderas que, colocadas a modo de escalera horizontal, cosían rítmicamente unos raíles que se perdían en el infinito. Todo el mundo se paraba cuando pasaba el tren, y veías a la gente haciendo cola en los pasos a nivel, mirando desde abajo el monstruo de metal que cruzaba sus destinos.
Los tiempos cambian. Esperando en la estación del AVE, observo el océano grisáceo de las mismas piedras que antaño me fascinaban, surcado por una marea de líneas rectas, perfectas, paralelas, interminables. A simple vista todo sigue igual. Pero al bajar la vista compruebo que el acero se ha divorciado de la madera y ahora, unas elegantes traviesas de hormigón unen la vida de dos raíles solitarios. Los postes de catenaria, otrora del mismo gris impersonal que el balasto (con el tiempo pude ponerle nombre a esas piedras sobre las que duerme la vía), ahora se disfrazan de azul eléctrico. La estación, vanguardista y funcional, concentra viajeros apresurados entre sus paredes de cristal. Pocos bancos y mucho espacio. Atrás quedaron las estaciones de blanco encalado, arcos rústicos, enormes relojes y un señor con gorra y bandera al que todo el mundo esperaba con ansiedad.
Hoy eché de menos el "pasajeros al tren" que cada jefe de estación entonaba a su manera. La robótica voz que te informa del recorrido del tren y agradece que viajes con ellos, no tiene el mismo encanto.
Al subir al tren, repleto de gente con móviles, ipods, ordenadores portátiles, consolas y algún que otro e-book, caí en la cuenta de que los tiempos cambian. No tiene porqué ser a mejor ni a peor. Simplemente cambian.
Me entristeció no ver a ningún abuelo con su nieto.

domingo, 24 de octubre de 2010

Cruce de Caminos...

En numerosas ocasiones os he hablado de la vida como un conjunto de senderos que se entrecruzan y donde nos sometemos a continuas decisiones sobre el camino que hemos de tomar. Conforme nos adentramos en la sociedad en la que vivimos y formamos cada vez más parte de su maquinaria imparable, estas decisiones están cada vez más acotadas y dirigidas. Es complicado salirse de la marea que nos arrastra en el día a día, a duras penas sacamos la cabeza de lo cotidiano y buscamos la aleatoriedad, lo imprevisible, lo diferente o lo extraño para convencernos a nosotros mismos que marcamos el ritmo de nuestras vidas y que no es la inercia del mundo en el que vivimos la que acompasa la cadencia de nuestros pasos.
Hace quince años yo era un adolescente con multitud de senderos por elegir y muchas cosas por aprender. Hace quince años el destino me regaló un mes para que descubriera aspectos de la vida que me eran desconocidos, para que abriera mi mente y mis sentidos y explorara los pequeños alicientes de lo impredecible.
Hace quince años, en una beca de un mes a Inglaterra conocí a gente que marcaron un antes y un después en mi formación como persona.
Hay personas que están presentes toda tu vida y por lo tanto marcan tu existencia para siempre. Son la familia, los amigos de siempre, la persona con la que compartes tu vida y pocos más. Luego hay personas que han aparecido en algún momento puntual de tu vida y sientes que tuvieron un efecto decisivo en tu forma de ser, de pensar, o de entender la vida. Algún profesor, algún familiar menos cercano, algún amigo que marcó una época…En mi caso, estas apariciones puntuales fueron dos veranos en Inglaterra en los que no existía Internet, ni sms, ni facebook, ni ningún artilugio para facilitar la comunicación. Estudiantes de todos los rincones de España que sólo teníamos en común las buenas notas y el temor escondido a lo que nos pudiera deparar el futuro. Clases matutinas entre bromas, tardes de actividades sin parar y noches de charlas infinitas sin ningún objetivo en concreto. Tan sólo compartir. Compartir risas en un país extraño, compartir anécdotas diarias para pasar el tiempo, y sentir que formas parte de un grupo en el que cada uno es importante sin ser imprescindible.
La fuerza de un grupo es netamente superior a la suma de sus individuos. Diez personas son mucho más que la suma de cada uno de ellos. Pero como contrapartida, la fuerza del grupo sólo se activa si hay la cantidad de ilusión necesaria para llevar los proyectos hacia delante. Hace cinco años una persona de este grupo removió tierra, mar y aire para encontrar la forma de volver a reunirnos a todos y revivir aquellas experiencias del verano del 95. Después, cada año, ha supuesto un ligero esfuerzo para no volver a caer en lo cotidiano y en la desidia y volver a juntar a ese pequeño grupo y avivar los recuerdos para que no se tornen amarillentos y decadentes en nuestro álbum de la vida particular.
Este fin de semana ha sido la primera vez que he podido asistir a un reencuentro de aquel grupo de Cheltenham del año 1995. Quince años después, los caminos vuelven a cruzarse. La primera vez el destino nos dirigió a todos hacia ese cruce. Ahora somos nosotros los que forzamos al destino a juntar nuestros senderos. Porque hay una ilusión que mueve esa fuerza. Porque alguien puso esa ilusión en marcha y no se dejó caer en la desidia. En nombre de todos, gracias Leles.
Siempre he pensado que los momentos son para disfrutarlos y no perderse en la melancolía. Me hubiera gustado deciros a cada uno de vosotros lo bien que lo pasé aquel verano, lo mucho que me ayudó a crecer como persona, a reforzar mi autoestima, a sentirme parte de un organismo mayor, a creer en el colectivo y a comprobar que dentro de esta sociedad de ritmo imparable que nos asfixia, a veces hay que separar lo urgente de lo importante. Pero no era el momento. Sólo quería volver a reír y a dejar que los recuerdos de antaño volvieran a recuperar su color original. Así que aprovecho ahora, en el tiempo de reflexión, para deciros que me ha alegrado mucho comprobar que si bien la vida nos ha ido llevando por caminos diferentes, hemos buscado los atajos necesarios para viajar en el tiempo y volver a reír como antaño.
Hace quince años todos nos despedimos con la sensación de que no volveríamos a vernos nunca. Ayer me despedí con la sensación de que cuando las cosas se hacen con optimismo e ilusión, el ser humano, el grupo, el colectivo, es invencible.
Un abrazo a todos, me ha encantado volver a veros.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Y van tres


No hay dos sin tres. Y aquí estamos con más de mil días a nuestras espaldas, con buenos y malos momentos, pero juntos al fin y al cabo.
El futuro, como siempre, es incierto, pero menos temible si tu estás a mi lado. Día a día me demuestras que puedo contar contigo. Eso es lo más maravilloso que le puede ocurrir a una persona, saber que renunciarías a muchas cosas por seguir a mi lado.
Cuando nos casamos aquel hermoso día de Septiembre de hace tres años, rodeados de la gente que queremos me hubiera encantado manipular el tiempo para atrapar las agujas en aquella burbuja de felicidad sin límites. Sé que no te gustan los cambios bruscos porque temes perder la esencia de las cosas que tienes ahora y no poder recuperarlas. Yo por mi parte considero que todo cambio bien aprovechado es una evolución constante, una superación y aquí tienes un ejemplo, porque aquel día fue maravilloso e inolvidable, pero hoy te quiero más que ese día y seguramente mañana más que hoy.
Lo fácil sería decir que aquel día fue el más feliz de mi vida. Pero no es así.
Cada día me levanto y te veo a mi lado.
Cada día es el día más feliz de mi vida.
Feliz aniversario, mi señora del Caos

lunes, 26 de julio de 2010

Susurros del pasado

Nunca volví a tener amigos como los que tuve cuando tenía doce años. Quizás al madurar es más complicado amoldar a tu carácter las nuevas personalidades que se agolpan en la entrada de tu vida. Quizás la amistad forjada al mismo tiempo que tu personalidad funda las almas en una sincronía indisoluble. Y con el tiempo, penetrar en la coraza endurecida por la experiencia se haga más y más difícil.
Sin la asfixiante necesidad del día a día que ahora marca nuestro ritmo, la infancia y la adolescencia tienen su propio tic tac. Un horizonte lejano indefinido no es suficiente para conformar una meta visible. En ese caminar hacia el futuro, pasábamos los inviernos suaves y húmedos de las zonas de costa esperando los quince minutos de recreo para volver a reír. Dos recreos de quince minutos, dos paréntesis a los libros para seguir forjando una amistad regada de millones de instantes fugaces pero intensos. Y en ese destino incierto que nos aguardaba, llenábamos los días de verano de partidos de fútbol, de arena ardiente y mar salada, de risas al viento, de amistad sin límites ni condiciones.
Con el paso de las décadas, la neblina del pasado oscurece los detalles y tan sólo deja entrever las formas de lo que fue nuestra vida. Gracias a mis amigos, a los de toda la vida, mi neblina me sonríe y me susurra que soy un tipo con suerte.


Dedicado a Francis, Rubén, Iván, Juan, Sonia, Blanqui y Miguel

lunes, 5 de octubre de 2009

05 de Octubre de 1977.

Tal día como hoy hace 32 años un médico le dijo a mi madre: "La pelota está en el tejado".
Su hijo había nacido un mes antes de lo previsto, con muchos problemas; con una falta de oxígeno en los primeros segundos de vida que podían ser fatales, con una clavícula rota, con el cordón umbilical enrollado en el cuello y algunas adversidades más...demasiado para una vida que empezaba a vivir. Ya no estaba en manos de nadie que ese corazón siguiera latiendo, que ese pequeño cerebro no tuviera daños irreversibles.
A veces los indicios señalan en una dirección, los datos que poseemos nos otorgan la certeza de lo que va a suceder. Pero en ocasiones, la componente aleatoria del universo viene en nuestra ayuda y nos regala esperanza. El caos del que todo el mundo huye, en ocasiones rompe la cuadrícula de lo previsible y nos recuerda que sin él, la vida no sería posible.
Para muchos cumplir años es símbolo de decadencia, del angustioso e inexorable paso del tiempo. Para mí significa añadir un año más a la fecha en la que derroté al supuesto destino.
Hoy hace 32 años que me trajeron aquí para estar sólo unos días.
Hoy hace 32 años que nací para caer del lado del tejado que no estaba previsto.

martes, 8 de septiembre de 2009

Aniversario (2ª parte)




Tal día como hoy celebramos nuestra boda con todos nuestros amigos y familiares. Quizás no fue casualidad que llegaras justo cuando el sol se ocultaba tras la verde pradera en la que nos encontrábamos. Ahora pienso que, avergonzado aún del día anterior, el astro rey corrió presuroso a dejar paso a su compañera eterna, la luna, para que de esa forma comprobara que su historia de una luz más brillante que él, emperador del firmamento, no era un bulo.
Al verte bajar del coche, de blanco inmaculado resaltando sobre tu piel morena, miré alrededor para intentar descubrir si el Olimpo se había trasladado como por arte de magia hasta este meridiano. Pero luego caí en la cuenta de que los dioses griegos, tan sempiternos ellos en su paraíso de enredos inacabables, nunca te verían con buenos ojos. Eres demasiado humana para ellos. Y sin embargo, curiosa contradicción, es esa humanidad la que te hace divina.
Terminada la ceremonia, cogidos del brazo, al aire libre, rodeados de una marea de rostros queridos y con Somebody to Love sonando como el himno de una nueva vida para ambos, sentí que el mundo podía ser un lugar mejor.
Hoy sé que el mundo es un lugar mejor, simplemente porque tú estás en el.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Aniversario 1ª parte


Tal día como hoy nos casamos. Legalmente. Creímos que sería un acto descafeinado y protocolario y sin embargo se convirtió en un sueño entrañable que sería el anticipo del día siguiente, el preludio de una fiesta llena de sentimientos.
Te ví asomar por la esquina de la calle mientras te esperaba en la puerta, con aquel vestido granate y unas calas en tus brazos y se me paró el mundo. Siempre me has resultado la mujer más guapa del mundo, pero aquel día, sin ni siquiera estar vestida de novia, ví como el sol se ocultaba tras una nube, al sentirse avergonzado de no ser capaz de brillar más que tú. La palabra para describirte es radiante. Todos dejaron de existir a mi alrededor mientras la realidad giraba en torno a mí como una carrusel vertiginoso de admiración y fortuna. Sí, me sentí afortunado y feliz. Si tuviera que definir la felicidad de la que ya sabes que opino que se compone de instantes fugaces que debemos aprovechar, eligiría ese momento. Ese eterno instante en el que me sonreístes y me dí cuenta como si de una revelación se tratara, de que realmente tuve que ser muy bueno en una vida anterior para que en ésta me encontrara con alguien como tú.
La bondad es tu mejor virtud. La sencillez tu mejor arma. Algunos confunden la sencillez con la simpleza. Se equivocan. Se puede ser muy complejo y sencillo a la vez. El número aúreo es sencillo y se expresa con una simple ecuación. Pero también es el reflejo de la perfección máxima de la naturaleza, una complejidad difícil de entender para nuestra mente imperfecta.
Hoy hace dos años de aquel instante de felicidad perpetua y sigo recordándolo así; radiante. Muchos definen los aniversarios como una fecha especial. Yo lo defino como una fecha simbólica, como un día para echar la vista atrás y ver desde dónde vienen nuestras huellas, desde cuándo caminamos juntos.
Pero especial para mí es cada día que comparto contigo.
Feliz aniversario (1ª parte), mi Señora del Caos.

jueves, 20 de agosto de 2009

Horror


Una ráfaga de aire gélido petrificó su rostro, dejando, para siempre, aquella imagen congelada en su memoria, mientras una multitud de almas quedaban carbonizadas en una fracción de segundo, mientras millones de seres, algunos aún por nacer, quedaban condenados a sufrir las consecuencias de la capacidad del ser humano para destruir.
Nunca supo de donde surgió ese huracán helado en el interior de una cabina presurizada, irónica contradicción del fuego infernal que acababa de desatar.Pero el caso es que aquella imagen, aquel gigantesco hongo maldito, aquel paradigma del horror, aquel holocausto infinito que sesgó el destino de tantas vidas, lo perseguiría para siempre acompañado del eco desgarrador de una muerte colectiva...
El Enola Gay se alejó de Hiroshima dejando tras de sí la estela de lo incomprensible...


lunes, 20 de julio de 2009

Cambio de perspectiva

Este fin de semana hemos ido a visitar a mis padres; empresa arriesgada donde las haya dirigirse a un sitio de costa en pleno mes de julio.
Quise que mi señora del caos conociera una de las playas que frecuentaba de pequeño con mi familia, donde pasé muchos ratos de de mi infancia, y me dí cuenta cómo cambia la perspectiva del entorno cuando nos hacemos mayores. Antes sólo existía nuestro entorno inmediato; los padres, los amigos y nuestros juegos; corríamos, saltábamos, chapoteábamos y nada parecía perturbar nuestra diversión. Recuerdo aquella cuerda mohosa enterrada a unos metros de la orilla, bajo el agua, que nos producía intriga y fascinación, pensando que al final de ella habría un tesoro pirata o un barco hundido. Siempre tirábamos pero no la movíamos ni un milímetro y nuestra curiosidad no era tan grande como nuestro respeto por lo que pudiera encontrarse al final de ella.
Este fin de semana, al situarnos difícilmente entre unos metros cuadrados libres de arena fui consciente de la muchedumbre, del griterío, del poco espacio vital en las masificadas playas, de las conversaciones aledañas y de la invasión constante de intimidad. Como si de tácticas de asedio se tratara, sombrillas amenazantes fueron rodeándonos paulatinamente y llegó un momento que incluso pensamos que no podríamos escapar. Cada minuto que pasaba, alguien nuevo se instalaba en los alrededores, ávido por vislumbrar un trocito de orilla desde su posición. Todo tiene sus ventajas; puedes leer el periódico del de al lado, escuchar las conversaciones intrascendentes de los de atrás, e incluso jugar con el castillo de arena que el crío de la familia de al lado ha erigido justo a escasos centímetros de tus pies, prácticamente coronándoterey del mismo.
Quizás sea que antes iba a la playa a divertirme y ahora prefiero relajarme, y lo segundo es imposible en estas latitudes y en esta época del año. No quiero creer que me estoy volviendo excesivamente gruñón y asocial, aunque quizás sea un poco de todo. Lo cierto es que la cuerda de antaño ya no está en el mar y yo me quedé sin saber si escondía un tesoro, un barco, o ambos dos.

jueves, 18 de junio de 2009

Grandeza


Tengo un amigo al que no veo hace tiempo. Es el único amigo del que no recuerdo cuando lo conocí, porque cuando empecé a tomar conciencia de mí mismo, él ya estaba allí.
Yo nací unos meses después que él. Mi nacimiento fue algo traumático porque las dificultades para sacarme, la rotura de mi clavícula, la reacción de mi sangre con la de mi madre y la ausencia de oxígeno al cerebro en los primeros segundos de vida desembocaron en una sentencia de muerte por parte de los médicos, que no me auguraban más de una semana de vida. Al superar la semana de vida la esperanza dió paso a la cautela y advirtieron a mis padres de las posibles secuelas cerebrales que podría sufrir. Me aferré a la vida en primer lugar y el azar me libró de las consecuencias después.
A mi amigo también le hicieron daño al nacer. Él también se aferró a la vida, pero el azar no quiso sonreirle igual que a mí y las secuelas se presentaron en forma de parálisis cerebral parcial que limitan su aparato locomotor y su coordinación. Básicamente, no puede andar ni hablar ni coordinar los movimientos como los demás, aunque con los años ha mejorado mucho y de siempre ha sido un charlatán de primera.
Pasamos juntos los primeros años de nuestra vida. Recuerdo que hubo un tiempo en el que sólo su madre y yo le entendíamos bien al hablar. Sus botas negras eran una constante obligada para él, al igual que las sesiones con el logopeda. Desde un principio dejó con la boca abierta a todos con su evolución y con sus ganas de superarse a sí mismo día a día. Cuando los demás niños corrían el aún estaba aprendiendo a andar, sudando, enrojecido por el esfuerzo, nervioso por querer avanzar al mismo ritmo que los demás.
Recuerdo cómo al ir creciendo me di cuenta que en realidad yo no era consciente de su minusvalía. Al haber crecido con él, todo me parecía normal, todas las acciones que hacíamos juntos las adaptaba automáticamente a sus posibilidades sin meditarlo. Era algo natural. Recuerdo jugar en el pasillo de su casa con un globo en lugar de una pelota. Pero eso no era suficiente para él. Ama el deporte. Y nada podía apartarlo de enfundarse su chándal, coger la pelota bajo su brazo y andar con su paso desigual pero decidido junto a mí hacia donde jugaban los chicos del barrio. Jugaba de portero. No podía tirarse, carecía de la agilidad de los demás. Pero jamás se apartaba del balón aunque le viniera a la cara. Su amor propio hizo que en múltiples ocasiones se le doblaran los dedos o que le sangrara la nariz de un pelotazo y cuando todos acudíamos para ver como estaba el reía porque había parado el balón y evitado el gol. No le importaba el dolor, no se quejaba, quería seguir jugando hasta que los demás caíamos extenuados. Los demás. Porque él nunca se cansaba.
Recuerdo una vez, siendo ya adolescentes, cuando jugamos en un campo de tierra, siempre tú y yo en el mismo equipo, en el que el balón te impactó en los dedos y te los dobló. El balón rebotó en el poste y cuando volvieron a rematar pusiste tu cara para evitarlo. El balón cayó a mis pies, pero yo sólo miraba a mi amigo para ver si estaba bien. Me gritó que corriera, que avanzara, y bajé la cabeza y comencé a correr con el balón como jamás lo había hecho. No sé cuantos contrarios regateé, cuantos metros recorrí desde nuestra portería a la suya, un fuego de coraje y rabia me consumía y sólo quería estrellar el balón en su red, como si ese gesto pudiera compensar la injusticia que el destino había hecho contigo. Con un grito desgarrador fusilé la portería contraria y corrí hacia tí para abrazarte mientras me felicitabas por mi jugada con tu nariz sanguinolenta. Eras feliz simplemente porque tu amigo había hecho una jugada de libro. Yo era feliz porque tenía un amigo que no se sentaba a lloriquear en un rincón, sino que regalaba a los demás la fuerza que a él le sobraba.
El destino quiso que me tuviera que mudar a otra ciudad, pero todas las vacaciones volvíamos a vernos, a jugar al fútbol, a los videojuegos, al dominó y poco a poco descubrí la asombrosa capacidad para retener las cosas en tu cabeza. Nadie te ganaba a memoria. Huías de las matemáticas pero absorbías los libros con celeridad pasmosa, te aprendías las lecciones de memoria con una facilidad de miedo. Sí, que nadie se equivoque. Tu aparato locomotor te limitaba, pero tu cabeza estaba bien puesta. Quisiste estudiar en la universidad, pero entonces no existían pen-drives, ni apuntes multimedia ni lecciones on line y tomar apuntes era imposible para tí. Tuviste que dejarlo pero seguías buscando tu camino, a base de injusticias en oposiciones que te negaban lo que por constancia e inteligencia te pertenecía. No se valoraba el esfuerzo ni el resultado. Sólo el tiempo. Y para tí el tiempo se divide en esfuerzos. El esfuerzo de escribir una palabra, de hablar una frase, de andar un kilómetro...
Puedo escribir miles de anécdotas juntos, de barreras que has saltado, de injusticias que has sufrido, pero quizás sea mejor ir goteando este blog de vez en cuando con pequeños ríos de tí. El crecer contigo creo que me inculcó la filosofía de nunca rendirme, de no desfallecer, de seguir adelante de mirar a la vida de frente y enseñarle los dientes. Si no, nunca hubiera estado a tu altura como amigo.
Muchos creen que alguien es grande porque se sienten pequeños junto a él. Pero lo cierto es que la grandeza, la verdadera grandeza, consiste en hacer que los demás se sientan grandes a tu lado.
Tú eres grande Raúl.Muy grande.

jueves, 28 de mayo de 2009

Jubilación



Esta vez la música sólo me empujó a escribir. La letra no tiene nada que ver con la entrada, pero el ritmo, los acordes, removieron algo que llevo tiempo deseando escribir...
Sé que me lees en la sombra, en el anonimato de tu cuarto, con la radio siempre pegada a tí, o quién sabe, quizás la apagues para escuchar la música del blog. En este caso deberías hacerlo. Porque esta vez, la entrada es tuya.

Para quien no lo sepa aún en estos lares blogueros, mi padre es profesor de E.G.B, o de E.S.O, o de yo que sé como se llama, aunque a él siempre le ha gustado que le digan que él es "maestroescuela", así, todo junto. Este año, después de más de treinta años lidiando con unas cuantas generaciones de nosotros, te jubilas a tus todavía no cumplidos sesenta tiernos añitos.

Yo creo que la tuya es la profesión más bonita del mundo. Enseñar. Enseñar a niños. A personas que todavía no han degustado los sin sabores de la vida en todas sus facetas, las agrias y amargas, las dulces o saladas. Enseñar lo que sabes para que los demás puedan abrirse paso al mundo que les espera...

La vida me llevó por otros derroteros, otras inquietudes, y aunque tú te maravilles de que yo construya puentes, autovías o ferrocarriles, a mí me sigue llenando de orgullo que mi padre haya dedicado su vida a enseñar. Aún recuerdo aquellos dos años en los que pude disfrutar de tí en aquellas clases de historia, cuando sólo tenía once años, y los niños se arremolinaban a tu alrededor preguntando cosas y de repente te levantabas entre la multitud y con aquel estruendoso "sileeeeeeeeeeencio, voy a empezar a poner ceros ahora mismo...", los niños salían corriendo en estampida a sus pupitres mientras cogías tu libreta mágica donde apuntabas aquellas falsas amenazas de negativos y ceros. Con los años me he ido dando cuenta que en tus clases los niños no sólo aprendían, sino que también reían. Con los años, me he ido encontrando con antiguos compañeros que aún hoy en día, veinte años más tarde, me siguen preguntando por tí.

Cuando tenga tu edad y esté cercano el final de mi vida laboral tendré largas listas de proyectos y obras realizadas, habré servido a la sociedad en la medida de mis posibilidades, habré aportado mi granito de arena para que la vida sea un poco más fácil para algunos. Pero si cuando sea mayor la gente me sigue recordando como te recuerdan a tí tus alumnos aunque hayan pasado décadas sin verlos, sólo entonces estaré orgulloso de lo que he hecho.

Feliz jubilación, papá. Gracias por ser un maestro, en tu escuela y en nuestra vida.

lunes, 25 de mayo de 2009

Sueño de una noche de verano



Instrucciones para esta entrada: quitar la música de la barra lateral y escuchar la canción de arriba. Si no, se pierden la mitad de los sentimientos...

Fue una noche de verano.

Por aquel entonces habían minado lentamente mi autoestima y mi moral, de forma que mi alma, siempre entusiasta y optimista, había quedado recluida paulatinamente en algún oscuro rincón olvidado, temerosa del futuro. Mis ilusiones, siempre vivas y alegres, siempre renovadas cada día con la fuerza del amanecer, languidecían sin remedio en el abismo de la incomprensión.

Dejé de creer en muchas cosas. Dejé de creer en compartir, en la unión de las almas, en los abrazos de los cuerpos, en los besos que duran siempre, en la complicidad de la luna y el sol, en la belleza de lo oculto, en las ilusiones que se sueñan despiertas. Y lo peor de todo, por un mísero instante, dejé de creer en mí.

Recuerdo nítidamente aquella noche, con la ciudad semi desierta a la suerte de un calor asfixiante, en aquella terraza de bar donde hablamos de todo y nada a la vez, donde la luz del día fue dejando paso a la noche y ambos fueron testigos de que dos almas alegres con tristes heridas se miraban de lejos, expectantes, o quizás ilusionadas.

Fue una noche de verano cualquiera que mi alma se asomó desde su jaula lúgubre y desolada, buscando el origen de esa luz que se vislumbraba lejos, muy lejos. Te conocí poco antes, pero fue aquella noche de verano, cuando vi tu sonrisa acabar con las tinieblas, que empecé a creer de nuevo.

El orden quiere sujetar al azar, someterlo a unas leyes predecibles en contra de su naturaleza. El caos lo deja libre correr por el tiempo, instrumento de sus fechorías, a veces para bien y otras para mal. Aquel día, el azar quiso que nos encontráramos en el momento preciso, ni antes, ni después. Desde entonces, desde esa noche de verano en la que el azar me regaló tu sonrisa, también creo en el caos.





jueves, 14 de mayo de 2009

Seis añitos

Mañana cumples seis añitos.
Aún recuerdo aquella fría mañana de principios de enero del año 2004, cuando fuimos David y yo al Refugio de animales. Aún recuerdo cuando te ví, agazapado en una esquina inaccesible, temblando, mirando con desconfianza mientras tus congéneres brincaban y corrían a nuestro alrededor, deseando participar en juegos a los que tú ya habías renunciado con tan sólo ocho meses de vida. Mirabas la algarabía de lejos con melancólica tristeza, asumiendo ya desde temprana edad que tu destino te había golpeado y abandonado demasiado pronto, que habías conocido el lado oscuro del género humano cuando tan solo empezabas a descubrir el mundo.
Fue como si el resto del mundo se parara, como si mi corazón se encogiera de dolor al ver un rostro tan joven y tan triste a la vez. Diez segundos eternos se congelaron en mi memoria para siempre, tu mirada y la mía, cruzándose en medio de una jauría perruna y una polvareda invisible para nosotros dos. Esquivaste la mirada, tímido, queriendo pasar desapercibido para no volver al infierno de las palizas y la incomprensión.
Te tuvieron que traer en brazos hasta mí para conocerte, temblando de miedo. Me avergoncé de la raza humana, y hubiera querido que la justicia en la vida fuera un simple ojo por ojo, donde aquellos que te hicieron sufrir sintieran en sus carnes eternamente todo el dolor que te habían "regalado".
Y luego, en mi interior, decidí darles las gracias, porque quizás gracias a esos ocho meses de mal vivir ahora yo podía regalarte una vida entera de cariño y dedicación.
Las primeras semanas fueron difíciles. Tu mirada quería mostrar agradecimiento pero no sabías si detrás de mis caricias tarde o temprano se escondería una paliza. Esta foto es muy especial para mí, porque por fin conseguí que jugaras con aquella roída pelota de tenis. Por fin te veía alejarte de la sombra de la tristeza y disfrutar de algo tan simple como correr tras una pelota que luego me traías con satisfacción y entusiasmo.
Desde entonces han pasado más de cinco años. Te has mudado conmigo allá donde el trabajo me ha llamado, pasando de tu patio a la estrechez de un piso de alquiler sin rechistar, para luego volver a casa de nuevo y ampliar la familia con hermanos gatunos, otro hermano perruno, y una mamá humana que no hizo sino multiplicar el cariño que recibías.
Hoy te llevo al veterinario porque tienes una enfermedad en los ojos que seguramente tenga fácil solución. Pero ver esa fina capa gris en ellos mientras seguías mirándome con devoción ha vuelto a encogerme el corazón como en aquella fría mañana de enero en el que esos diez segundos nos pertenecieron. Hoy he sentido agradecimiento, amor, cariño y devoción en una mirada perdida, aún a pesar de los picores y molestias que debes estar sufriendo.
Soy yo el que te da las gracias a tí, mi querido amigo. Por acompañarme estos cinco años y lo que nos quede juntos, por confiar en mí, por abrir mi mente intentando averiguar de que forma ves tú el mundo, intentando saber qué mecanismo genético te hace disfrutar de esa fidelidad y bondad que tan bien haría al género humano. Gracias por regalarme tu tiempo y tu vida, porque me ha ayudado a ser mejor persona.
Muchos no entenderán este amor por un animal. No es sólo amor. Es admiración y fascinación, porque nosotros, los humanos, que tanto nos vanagloriamos de ser la raza superior, aún tenemos mucho que aprender de ellos. En su simpleza encontraríamos muchas claves para mejorar nuestra complejidad

jueves, 19 de marzo de 2009

Universidad


Pues sí. Ayer fuí a la Universidad, después de ¿8 años hace ya? Madre mía...

Pero ayer no fuí bajo la presión de exámenes, de clases, de horarios...Ayer fuí a dar una clase. Bueno, los carteles lo llamaban "Conferencia". Vamos, que ayer era un "conferenciante"

La charlita de dos horas que me dejó con la boca seca trataba sobre los métodos de ejecución utilizados en la última obra que terminé el año pasado; cimentaciones, pilas y estribos y tablero de las estructuras que hicimos, tanto de hormigón como metálicas. ¡Pero no salgáis corriendo como alma que lleva el diablo que no os voy a aburrir con semejante repelencia!

No. Ayer me dí cuenta de cómo se van transformando nuestros puntos de vista a medida que transcurre la vida. A mí me parecía que hace poco estaba sentado allí, al otro lado, escuchando la conferencia de otro, tomando apuntes, pensando en mis exámenes, mis trabajos, la juerga del fin de semana y poco más.

Ahora las responsabilidades ocupan parte de nuestros pensamientos. Mucha parte. Pero no seré demagogo. No pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor. Creo que cada etapa en su vida tiene su momento, y alargar cualquiera de ellas demasiado te hace finalmente estar fuera de lugar. Me gustan mis preocupaciones actuales, mi independencia, me gusta charlar con mi mujer, pasear con mis perros, visitar a mi familia y escribir en mi blog. Atrás quedaron la complicidad estudiantil, los calimochos baratos (que hoy en día mi estómago rechazaría automáticamente y sin dejarlo bajar por el esófago), los exámenes de cinco horas machaca-espaldas, los partidillos de los sábados (ya sin inhalador), los descuentos con el carnet joven, la fiesta de la primavera y los turnos de limpieza de los pisos de estudiante. Recordé todo esto al terminar la charla y sonreí para mis adentros. Mucha gente dirá que de estudiante se vive muy bien. Yo creo que se vive distinto, es una etapa más, y aunque buena, yo no cambio la etapa actual de mi vida por nada.
Ayer en la universidad me dí cuenta de lo que he cambiado en ocho años. No sólo a nivel profesional, que es evidente y lógico, sino también personal; soy mucho menos impetuoso que antes en mis decisiones pero a la vez aguanto menos las incongruencias las hipocresías y las reglas absurdas. Y sobre todo he aprendido de mucha gente. De la gente que me rodea, de la gente que me quiere y de la que no me aprecia, de la gente que mandaba sobre mí y de los que yo mandaba sobre ellos.
Empiezo a vislumbrar lo que quiero. Pero sobretodo, en estos años, he aprendido lo que no quiero.

martes, 17 de marzo de 2009

Recuerdo...

A lo largo de la vida hay muchas cosas que olvidamos, algunas las recordamos en forma de nebulosa, sin una clara ubicación en el tiempo o el espacio, y otras muchas quedan grabadas a fuego para siempre. Suelen coincidir estas últimas con momentos clave en nuestra historia particular, pero no necesariamente; a veces se trata de sucesos aleatorios, sin aparente relación con los instantes más importantes de dicha historia.
Recuerdo las mañanas que nos levantábamos para ir al colegio. Sin angustias, sin nervios, sin sueño, porque a diferencia de mis hermanos que tenían la reticencia normal de cualquier niño a ir al colegio (léase pereza matutina o exámenes a la vista), yo siempre he sido algo más repelente y me encantaba. Era el primero en oler el desayuno, en preparar mi mochila y en observar como corrías detrás de mis hermanos para que no se hicieran los remolones. Recuerdo el chándal verde de los días de gimnasia, las idas y venidas de todos por los pasillos, recuerdo volver del colegio con hambre atroz y devorar aquello que se pusiera por delante, para tu satisfacción y regocijo.
Recuerdo los días previos a cualquier examen con añoranza, porque siempre te empeñabas en preguntarme los temas a ver si me lo sabía y a mi me encantaba demostrarte lo bien que me lo sabía todo (ya he dicho que era muy repelente, no hace falta que lo penséis). Recuerdo cuando te decíamos que no encontrabas algo y, desaparecías en el interior del armario empotrado, que era pequeño e infinito a la vez, y aparecías mágicamente con el objeto buscado y la cara de "si es que no sabéis buscar..."
Recuerdo tus regañinas cuando volvía a casa a por el inhalador, con los mofletes colorados y ansioso por seguir jugando en la calle. Éras feliz por verme jugar pero te preocupabas a la vez porque nunca sabías si tenías que ir corriendo al hospital por si mi asma podía conmigo.
Recuerdo verte llorar cuando todo te superaba, cuando en multitud de ocasiones, las costumbres para nosotros se tornaban leyes, y pensábamos que el tiempo que nos regalabas constantemente era tu obligación y ni siquiera parecíamos agradecerlo. Recuerdo volver por las noches y ver tu rostro somnoliento en el oscuro pasillo, entre las sombras, vigilando cual de tus polluelos había vuelto al nido.
Recuerdo tu ilusión al volver a trabajar, mi alegría, porque siempre admiré tu sacrificio para cuidarnos. Recuerdo verte rejuvenecer con los años, regenerar tu vitalidad. O acaso soy yo, que al crecer cada vez me asombra más tu capacidad para llegar a todo lo que te propones.
Soy un poco caótico en mi tiempo, pero ordenado en mis prioridades. Soy olvidadizo, despistado...
Pero eso no significa que no me acuerde de tí.
Te recuerdo constantemente

¡Feliz cumpleaños mamá!

jueves, 12 de marzo de 2009

Sabiduría ciega vs Ignorancia egoísta


En la primavera de 1609, hace hoy cuatrocientos años (dia más día menos), un profesor de la Universidad de Padua paseaba por las calles venecianas cuando un mercader le mostró un curioso objeto cilíndrico de madera. A través de él, las cosas más lejanas se veían algo más cerca.
Movido por su incesante curiosidad perfeccionó este tosco artefacto hasta que a finales del mismo año logró aumentar 20 veces el objeto de los tamaños al mirar por él. Lo enfocó a los cielos, buscando la luna. Y la encontró. Pero no encontró la perfección que Aristóteles afirmaba. Encontró irregularidades, montañas, valles, zonas oscuras y claras... Esto que hoy nos parece una obviedad, en aquella época era una herejía: los cielos nos son perfectos ni inmutables, la concepción aristotélica del mundo, en la que se basaba la Iglesia Católica, ¿no era cierta?
Descubre pequeños objetos alrededor de Júpiter, hoy cuatro de sus satélites, observa algo extraño en Saturno, hoy anillos, percibe zonas oscuras del sol, hoy manchas solares...
A partir de aquí la historia es bien conocida. Enfrentamientos con la Santa Inquisición hasta el fin de sus días, con condena incluida
Fue el primer hombre (que se sepa) en ver lo lejano tan cercano.
Irónicamente, murió ciego. Y sin embargo había visto más que cualquiera. Sus detractores seguramente pensarían que era un castigo divino por intentar ver más allá de lo que al ser humano le estaba permitido.
Hoy día, 400 años después la Iglesia ya ha aceptado sus tesis. Pero no rectifican la condena.
Pero es lógico que no rectifiquen, porque rectificar es de sabios. Y no se le puede pedir peras al olmo ni sabiduría a la ignorancia, ni magnanimidad al egoismo.
Yo mientras tanto sigo admirando a personajes que dedicaron su vida a la curiosidad, al saber, al investigar, en contra no sólo de lo rudimentario de los objetos que tenían, sino también de las corrientes sociales de la época.
Mi admiración para Galileo Galilei, uno de los padres de la ciencia moderna.

lunes, 2 de marzo de 2009

Viaje de familia

Hoy he leído una entrada que me ha recordado muchas cosas. Pero la más clara y diáfana son aquellas 5 horas de viaje que se pegaba mi padre en el R14 (si aquel Renault de culo gordo) cuando íbamos del sitio-donde-nacimos al sitio-donde-crecimos y viceversa. En navidades, verano, semana santa, puentes y fiestas de guardar, familia parriba familia pabajo. ¡Y no le daba pereza! Ahora se tarda 2 h y 45 minutos. Y te lo piensas dos veces. Nos hemos acostumbrado a lo rápido, a lo fácil, a lo inmediato. Y el resto nos parece tedioso, engorroso...
No había autovía, sólo el último tramo si se le puedo llamar autovía hoy en día. Viajábamos los cinco mas los dos pájaros, en verano, sin aire acondicionado y con el maletero desafiando las leyes de la mecánica cuántica (si, cristal00k, para la masa que teníamos acumulada en tan pequeño espacio extraño era que no se formara un agujero negro que acabara con las leyes cuánticas y de la relatividad). Porque ojo, se viajaba hasta con el televisor a cuestas, nada de tener varios televisores en casas distintas. Pasábamos por infinidad de pueblos, mi padre siempre nos decía "huy huy el pantano este año está mas seco que nunca, este año sequía". Si se hubiera secado al ritmo que pronosticaba mi padre, que otra cosa no pero exagerado es de los buenos, hubiéramos estado lamiendo charcos hace tiempo. Las peleas entre hermanos eran continuas y se pueden resumir en:
Hermano pequeño a hermana mediana: Échate pallá que no tengo sitio ajúuuuuuu
Hermana mediana a hermano pequeño: Si, y que hago me tiro por la puerta?
Hermano mayor (yo) a ambos: A ver si os calláis que sólo sabéis dar por saco
Hermano pequeño a hermano mayor: si la culpa es tuya que ocupas medio coche
Hermano mayor a madre: Mamá el renacuajo me ha dicho gordooooooooooooooooooo
Padre: Vamos a tener un a ACCIDENTE, así no se puede conducir
Madre: Os váis a enterar cuando bajemos ( y echaba su corto brazo hacia atrás y misteriosamente llegaba a todos nosotros para darnos a cada uno un pellizco en la pierna)
Todos los hermanos: Ayyyyyyyyyyyyy pero yo que he hecho???
Pájaro 1: Piiiiiiii
Pájaro 2: Pípiiiiiiiiipirrrrrrrrrrrriiiiiiiiiiiipiiiiiiiiii
Hermano mayor: Lo que faltaba que coñazo de pájaros
Hermana mediana: bolsaaaaaaaaaaaaaaaa, (madre rápida cual sputnik saca una bolsa de dios sábe donde y se la da a hermana pequeña) puargggggggggggggggggggggggg
Hermano pequeño: Que asco mamá esta niña ha vomitadooooooooo
Padre: Yo estoy ya acelerao, me estoy poniendo muy nervioso
Hermano mayor: ¿cuanto queda pa las tostadas?
Hermana mediana: puargggggggggggg
Pájaro 1: Píiiiiipirrripiiiiiiiiii
Hermano pequeño: Mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa que asco que la bolsa me está rozando
Madre: Ahora paramos y la tiramos
Padre: Voya a parar pero más de uno se va a quedar aquí.
.........
......... (silencio sepulcral)
Pájaro 1: Píiiii?
Ains que tiempos aquellos cuando 5 horas daban para tanto

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