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jueves, 19 de enero de 2012

Sin Luz



Al doblar la esquina entramos en una ciudad totalmente distinta. Lejos de la aparente decadencia que transmitían las numerosas casas con ventanales rotos y azulejos caídos, la Rúa de Santa Catarina trazaba una línea recta de edificios nuevos y limpios, y aunque algunas fachadas se resistían a abandonar la costumbre de revestirse de azulejos, tan típicos de Oporto, la mayoría guardaban una estética mucho más discreta. Lejos de las calles tortuosas, empinadas y oscuras de los alrededores de la Catedral, esta parte de la ciudad abría sus espacios a la luz y su vista al horizonte. Parecía que toda la gente de la ciudad hubiese salido a pasear sobre aquellas aceras adoquinadas. El día estaba gris y triste pero el bullicio de la gente, las luces de los escaparates y el colorido de los carteles y banderolas, trataban de espantar el sentimiento de nostalgia y melancolía que daba recorrer ciertas partes de la ciudad. Un payaso regalaba globos con forma de animales a los niños. Yo si hubiese sido niño creo que un tipo de dos metros con una peluca roja enorme, sonrisa pintada permanente y zapatos desproporcionados me hubiera dado más miedo que alegría, pero parece ser que los niños se quedan mirando fijamente los globos e ignoran al payaso. Vamos, que igual podría haber estado regalando globos el hombre del saco o Herodes.
La lluvia no parecía tal. No se sabía si las gotas caían o estaban suspendidas en el aire. No sacabas el paraguas porque no parecía que lloviera y a los cinco minutos estabas calado hasta los huesos. La débil neblina que conformaban las gotas se mezclaba además con el humo que desprendían un par de puestos de castañas asadas que me hizo acordarme de mi abuela Ana. Ella tiene un pequeño cazo agujereado de los que se usaban antes para asar castañas, pero en realidad me acuerdo porque asocio el olor a castañas asadas con el otoño y con el 1 de Noviembre, cuando mi abuela siempre hacía boniatos asados y yo esperaba ansioso a perderme en ese sabor dulzón.
Al avanzar por la calle escuchamos una melodía por encima del bullicio general. Parecía el sonido de una flauta o instrumento similar, que lanzaba notas al aire para mezclarlas con la lluvia disfrazada de neblina y el humo acastañado. Una señora mayor, apostada contra la fachada de uno de los edificios, tocaba su instrumento enfrente del Café Majestic, y al verla se me hizo un nudo en la garganta. Esperaba ver tristeza, dolor o soledad en sus ojos. Pero no esperaba ver la nada. Ni siquiera los ojos perdidos de una persona ciega. Entre las cejas y los pómulos, sólo había piel. Tan sólo un pequeño valle entre ambos y cierto aspecto tenso de la piel en esa zona, mostraba que antaño allí quizás habían existido dos ojos, con la misma vida que los que ahora le miran. Me quedé parado pensando en cómo distinguiría el día de la noche, cómo sabría si las calles eran decadentes como las de la zona de la Catedral o nuevas como ésta de Santa Catarina. Me pregunté cómo sería no poder llorar.
Agaché la cabeza y continuamos andando, para perdernos de nuevo por la ciudad antigua, la de las calles tortuosas, edificios ruinosos y alumbrado deficiente. De repente ya no me parecía todo tan decadente.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Pequeño barco oxidado

La herrumbre es la dueña de este barco, anclada su quilla y su destino en algún lugar remoto de la costa irlandesa. Contrasta su aspecto oxidado y cochambroso con la pulcritud de las fachadas de las casas que lo rodean, envolviéndolo en un abrazo desigual, mezclando lo nuevo y lo viejo, el cuidado presente y el pasado olvidado. Las olas, conscientes de su fragilidad, acarician su costado suavemente, recordándole que aún sigue vivo aunque él se sienta lejos del mar que antaño fue su hogar.
¿Que historia escondería aquel pequeño barco oxidado que por casualidad encontramos en nuestro viaje por aquella mágica tierra de celtas y runas?

Dedicado a nuestro Capitán Clostridium









sábado, 5 de septiembre de 2009

El porqué de la foto del perfil

La foto del perfil tiene un porqué. Esta imagen que veis a la izquierda es la escultura principal del Parque Gustav Vigeland, en Oslo. En internet podréis encontrar fotos desde diferentes puntos de vista, pero pongo esta porque la sacamos nosotros en nuestra luna de miel y así nadie se quejará por derechos de autor.
El Parque Vigeland es de una belleza apabullante. No, no pondré fotos del resto de esculturas porque os recomiendo ir a verlo en persona. Yo no soy un entendido en arte, ni siquiera aficionado, vamos que no tengo ni pajotera idea. Sin embargo este parque te inspira por sí solo. Vigeland hacía esculturas sobre la vida, y así podemos encontrar estatuas de las personas en diferentes estados de la vida y sus relaciones con los demás. Padres y niños jugando o discutiendo, niños jugando entre sí, ancianos con nietos, parejas peleándose, parejas amándose (algunas estatuas se ven al pie del monolito y cada una tiene un significado especial).
Particularmente me gustó una serie de esculturas que formaban un bucle, un círculo cerrado que llamaría nuestro amigo Clostridium, aunque estaban dispuestas en una plaza cuadrangular. En ellas se representa la vida de una persona y un árbol, juntos, primero de jóvenes, luego pasando por las diferentes etapas de la vida y la última escultura un anciano que prácticamente se confunde con el tronco del árbol. Simboliza el ciclo de la vida y de cómo volvemos a la naturaleza y salimos de ella.
El monolito central, como su nombre indica, está hecho de una sola piaza. Ese enorme cilindro es una sola piedra. cincelada y moldeada por la mente de un hombre que quiso representar la Vida en un parque.
Si os fijáis bien la columna son una serie de cuerpos entrelazados, un amasijo caótico de almas no se sabe sin luchando por ascender, compitiendo entre ellas o ayudándose a subir. Un examen más detellado nos hace ver que los cuerpos más jóvenes, los niños, buscan la cúspide mientras que los ancianos reposan en la base; se puede interpretar como que la juventud se abre paso o bien que los ancianos forman la base sobre la que se apoyan las nuevas generaciones.
Pero el caso es que bajo el aparente caos inicial subyace un orden necesario. Es un ejemplo de orden caótico, de caos ordenado. Si estuviéramos dentro de esa marea de cuerpos, todo nos parecería un caos impredecible y sin sentido. Desde fuera, se aprecia el orden. En la mente del escultor el orden está más claro aún.
Me pareció una metáfora de la vida misma, sumergidos en ella a veces todo nos parece caótico. Si pudiésemos vislumbrarlo todo desde fuera, nos maravillaríamos ante un caos necesario para mantener el orden.
Para finalizar, la foto del perfil es esta misma pero colocando la escultura tras el sol, sumiéndola en una penumbra que hace más difícil aún apreciar la realidad. Es la forma en que ven la vida aquellos que, como en el mito de la caverna de Plantón, se empeñan en seguir mirando a las sombras.
Vivimos en la Caverna de Platón, mirando a la Sombra del Monolito. Mi idea es intentar mirar al monolito desde otro punto de vista. Un monolito que puede ser una torre. Una Torre del Caos.

sábado, 29 de agosto de 2009

Venecia


Llegar a Venecia por mar, rodeándola en una panorámica inigualable, te permite fotografiar la ciudad desde un ángulo superior, captando la belleza de lo diferente. Sus calles son azules verdosas, y no están llenas de coches y semáforos sino de góndolas y remeros, de camisas a rayas y sombreros, de un bullicio alegre y desenfadado en contraste con el humo asfixiante y el rugido ensordecedor de los vehículos de las ciudades. Los puentes, necesarios para conectar los pequeños reductos de tierra, salpican la ciudad intermitentemente.

Nacida en el siglo V como refugio para los habitantes de la región ante las invasiones longobardas y hunas, Venecia ha tenido su propia historia de cénit y ocaso, algo habitual en las importantes ciaudades europeas. Amparados en la protección que le otorgaba la marisma del Po, los primeros venecianos, a salvo de ataques de infantería y caballería, crecieron bajo el dominio del Imperio Bizantino pero sin someterse a él, de forma que a finales del primer milenio obtuvo su independencia y comenzó a expandirse por el Adriático gracias a su riqueza proveniente del comercio con oriente. Pero la toma de Constantinopla por el Imperio Otomano en 1453 marcó el principio del fin, ya que desde este momento la vida de la floreciente Venecia se vería constantemente amenazada por la expansión turca, y la apertura de nuevas rutas comerciales con América tras el viaje de Colón, comenzaron a hacer mella en su economía. Durante tres siglos, la rebelde ciudad de los canales centró sus esfuerzos en mantener su independencia. Estos esfuerzos terminaron a finales del siglo XVIII con la invasión de las tropas napoleónicas. Más tarde pasaría a formar parte de Italia.

Ahora caminamos por sus callejuelas laberínticas, perdiéndonos en el pasado del barrio judío, admirando sus fachadas deterioradas por el tiempo, los escaparates repletos de máscaras carnavalescas, flotando entre la marea turística y, de vez en cuando, escapando de ella por alguna callejuela perpendicular a la muchedumbre, para poder respirar el aire impregnado de una historia distinta a lo habitual.

Desde el puente Rialto se domina el Gran Canal. Este puente, construído entre 1588 y 1591 fue considerado una obra de ingeniería novedosa en la época, tanto, que algunos se atrevieron a pronosticar su pronto hudimiento. Más de cuatrocientos años le contemplan. Por la noche, cuando la luna ya ha marcado el fin de una jornada frenética de turistas, el puente nos ofrece una singular vista de las terrazas laterales iluminadas y el escaso tráfico de barcas y lanchas, contrastando con el enjambre agitado del día.
Pasear por la Venecia nocturna te transporta a otro mundo, donde el silencio impera sobre el ruído de la vida moderna de otras ciudades, donde una lucha taciturna pero constante entre la tierra y el agua nos hace maravillarnos ante el ingenio humano para asentarse sobre un espacio que no es el suyo. Las mismas calles que recorrimos cuando el sol las iluminaba son totalmente distintas bajo el cielo estrellado, abandonadas por sus visitantes, esperando la luz del nuevo día que las hagan sonreir de satisfacción ante las miradas fascinadas de los transeúntes.
En la Plaza San Marcos, miramos al suelo sabiendo que en ocasiones, el agua lo inunda temporalmente, reclamando un espacio que es suyo, y retirándose después para hacer saber que nos lo presta, que estamos ahí porque el mar nos lo permite y no porque se lo hayamos impuesto. Música de violines inunda la plaza, acompañándonos con sus notas hasta que nos volvemos a perder por las callejuelas anexas, para volver a embriagarnos de la magia de la noche veneciana.
Venecia tiene un secreto.
Nos cautiva por ser diferente.
Y entonces me pregunto porqué muchos no aceptan al diferente, al que no es como su grupo, como su raza, como su religión, como su nacionalidad, como su partido político.
Deberían visitar Venecia y pensar.




jueves, 4 de junio de 2009

Dubrovnik

Hace 18 años Dubrovnik fue sitiada por las tropas serbias durante la Guerra de los Balcanes. Al entrar en la Ciudad Vieja por cualquiera de sus dos puertas encontramos un plano de las zonas afectadas por los bombardeos del 91, para que nadie olvide el horror. Estos planos nos recuerdan que es necesario recordar el pasado para no volver a él.

La Ciudad Vieja está totalmente amurallada. ¡Que orgullosos estarían aquellos que levantaban la muralla para dotar de inexpugnabilidad absoluta a su querida ciudad!. Si hace 15 años hubieran levantado la cabeza, cuando los bombarderos descargaban su arsenal destructor desde el cielo, habrían pensado que por mucho que nos esforcemos en proteger, el hombre siempre encuentra camino para destruir.


Entramos en la Ciudad Vieja desde la puerta oeste, tras un prolongado descenso por callejones de interminables escaleras. Ante nosotros se abre una calle bulliciosa y animada, de paredes y suelo de piedra caliza que resalta la luminosidad del día. A la izquierda, calles perpendiculares a la principal, estrechas e infinitamente empinadas, refugio de los habitantes que intentan elevarse sobre el ajetreo de la vida turística. A la derecha, calles repletas de tiendas y restaurantes, con sus dueños sonrientes en las puertas, quizás felices de un nuevo resurgir de su ciudad en forma de oleada de turistas que hacen olvidar los tristes días de la década pasada.





Al fondo, la Torre del Reloj junto a la iglesia de San Blas, patrón de la ciudad, y la segunda puerta, que desemboca en el puerto, abierto, expuesto, confiado en su concepción, pensado para el comercio y no para la defensa.
En el monasterio de los franciscanos nos invade una sensación de frescor. Un suave olor a rosas se expande por los pasillos antes de llegar a la vieja farmacia, donde siguen vendiendo crema hidratante de rosas con la misma fórmula de antaño.






En algún museo se exponen los horrores de la guerra. En todos los sitios que visitamos aparecen los nombres de los caídos. En Dubrovnik, en una guerra de finales de siglo XX, aparece los héroes de la resistencia junto con una foto.

Ojálá supieran que su pais vuelve a vivir en paz y que su entonces grisácea ciudad, en su día defendida con su vida, ahora rebosa de vida y color.

jueves, 30 de abril de 2009

Rodas

El amigo FBM me ha regalado este premio, según dice él por mis "crónicas viajeras". No sé que premio inventar para agradecerle a el la recopilación de mitos creacionistas que está haciendo, o los relatos de ciencia ficción con mucha parte de ciencia que amplia nuestros horizontes, a veces limitados por la física cotidiana.

Como soy poco docto en esto de los premios, creo que nadie se molestará si solo se lo paso a un blogger: Titanic, porque en cada uno de estos relatos viajeros he tenido al mar de testigo, y creo que su última entrada bien merece el premio.
Aprovecho pues para abrir otro capítulo en este apartado viajero-turísitico. Seguramente a todos os sonará Rodas por el Coloso, aunque sólo lo hayamos visto en películas antiguas de aventuras griegas (¿Quizás sale en "Jasón y los Argonautas"?).


Rodas, con trescientos días al año de constante sol, es la isla más grande del Dodecaneso. El casco antiguo de la ciudad, Patrimonio de la Humanidad, es la ciudad medieval más poblada de Europa, y perderse por su sinuoso laberinto de calles, alejados de las calles principales, es sencillamente respirar aire de otros tiempos. Al abrigo de las sombras regaladas por la estrechez de las calles, habitantes gatunos vuelven a ser las figuras comunes que pasean por el suelo empedrado.



Su historia se resume en una frase, y que me perdonen los historiadores de pro: "Al sol que más calienta". Y no es por los días de sol que hemos comentado antes, sino por:
a) Llegada de los minoicos y micénicos a poblar las islas y posterior llegada de los dorios que fundan las primeras ciudades.

b) Alianza con Atenas contra los Persas en la batalla de Maratón (490 a.C)

c) Alianza con los Persas contra Atenas en la batalla de Salamina (480 a.C).

d) Como en la batalla anterior perdieron, se volvieron a aliar con Atenas uniéndose a la Liga de Delos en 477 a.C

e) La cosa volvió a salirle rana y se volvieron a aliar contra Atenas, esta vez uniéndose a Esparta, con la que también se había aliado en las Guerras del Peloponeso.

g) Seguidamente se unieron a Persia contra Alejandro Magno, pero como vieron que pintaban bastos acabaron uniéndose a él.

h)Cuando más tarde Grecia se vió asediada por las legiones romanas, rápidamente Rodas se alió con Julio César. Pero claro, tras el asesinato de César, los aliados de éste no eran muy bien vistos, asi que Casio asedió Rodas que destruyó sus barcos, robó sus obras de arte y dejó a Rodas calladita y al amparo del imperio romano. (Menos mal porque no me quedan más colores para simbolizar sus alianzas).

e) Tras la división del Imperio Romano, Rodas quedó del lado del Imperio Bizantino y se independizó cuando los cruzados tomaron Constantinopla. Genoveses y más tarde los Caballeros de San Juan gobernaron la isla hasta que los otomanos ocuparon su sitio, desplazados a su vez por los italianos y finalmente reconquistados de nuevo por Grecia. Total, tanto dar vueltas para acabar como al principio


La Calle de los Caballeros cruza aún el caso antiguo en uno de sus laterales, testigo de los años de esplendor de la época medieval, flanqueada por enormes paredes de piedra que le otorgan una carácter robusto y sempiterno. Al salir por una de sus arcadas, el mar azul, casi añil en estas longitudes, nos recoge de nuevo en su seno para transportarnos a otro trocito del pasado.








Al alejarnos de sus costas, el sol se pierde lamiendo sus tejados, haciéndonos un guiño lejano.La ciudad respira tranquila, salpicada de turistas afanados en sus compras o recreados en su belleza. Lo que antaño fuera testigo de alianzas y traiciones, idas y venidas de civilizaciones, hoy en día es un reducto de paz.




domingo, 19 de abril de 2009

Santorini

Hace unos 3.500 años, la isla de Strongili (la redonda) estaba habitada por una civilización floreciente e influenciada por los minoicos de la cercana Creta, y la vida transcurría idílicamente con el mar Egeo bañando sus costas.
En torno al año 1.650 a.C, una espectacular explosión volcánica hundió el centro de la isla en el abismo oceánico. Se piensa que el tsunami generado arrasó la cercana isla de Creta, dejando herida de muerte a la civilización minoica. La nube de polvo emitida fue tan densa que el enfriamiento del clima se ha registrado en los anillos de los árboles incluso de Canadá. Los jeroglíficos egipcios datan de la misma época un periodo de tiempo en el que el sol se oscureció.
Desde entonces, la isla adquirió forma de media luna, con el centro de la caldera representando el agitado pasado que le dió forma. Posteriormente sucesivas erupciones han hundido otras partes de la isla, e incluso han hecho emerger otras, los dos islotes centrales de Nea Kameni y Palia Kameni. Finalmente en 1957 un terremoto de 7,8 grados en la escala de Ritcher destruyó las casas de las dos ciudades principales, Fira y Oia.
La ciudad de Fira se asienta sobre un acantilado espectacular, las casas parecen estar colgadas de la roca, desafiando a la gravedad. Sólo hay tres formas de subir: En burro, en teleférico o en burro de dos patas, es decir, a pie. Los seiscientos escalones que separan el puerto de la ciudad te dejan sin aliento; había demasiada cola en el teleférico y los burros nos daban pena, todo el día subiendo y bajando gente.
Mientras subíamos a pie, nos adelantaban los burros con sus turistas encima, y escuché como alguno se mofaba de la supuesta torpeza de los animales, por subir las cuestas haciendo eses. "Claro, es que son burros", y algunos reían el chiste (nunca he entendido la gracia de los chistes fáciles).
Yo también me reí mientras subía, de no saber quien era más burro, si el jinete o el equino. Me hubiera gustado bajarlo del burro y explicarle que estos animales suben las cuestas buscando la mínima pendiente y por tanto el mínimo esfuerzo, para lo cual hay que ir haciendo eses, al estilo de las antiguas carreteras de montaña.
Coronada la cima, las vistas son espectaculares, El sol pegaba fuerte y rápidamente nos refugiamos en las estrechas calles de Fira, buscando la sombra y el frescor de las paredes encaladas.
Nos refugiamos en un típico restaurante griego de blancas paredes y ventanas celestes. Mi mujer eligió el restaurante, lejos de aquellos con grandes vistas, menús mediocres y clavadas espectaculares. Y acertó. El restaurante era cien por cien griego, no había carta, una pizarra con las conocidas e imcomprensibles letras griegas nos miraba de frente, pero el dueño, curtido en mil batallas turistas, nos aconsejó en un cuidado español y pudimos degustar la mejor mousakka que jamás hayamos probado, acompañada con un vino blanco excelente.
Ligeramente quemados por el sol, deambulamos gustosamente por las calles laberínticas a la par que turísticas, llenas de gente ya en esta época, pero seguramente sin el agobio de los meses veraniegos. Por la tarde, al zarpar el barco nos fuimos alejando de este engañoso paraíso, bajo el cual dormita una bestia ígnea de sueño intranquilo.
El volcán sigue activo.


Mykonos

En las Cícladas, frente a la mítica isla sagrada de Delos, se sitúa Mykonos. En las guías turísticas se nos describía como un núcleo de atracción turística, abarrotadas playas y vida nocturna desenfrenada para todos los gustos. El hecho de llegar fuera de temporada, de día, y nublado, hizo que conociéramos otra faceta de la isla; la de la quietud placentera, el silencio de sus calles blancas y laberínticas, y la mirada gatuna de sus habitantes más felinos, que nos observaban confiadamente desde calles, alféizares, muretes, escalones o tejados, asistiendo imperturbables a nuestro lento pasear.

La blancura de sus calles y de sus casas denotan el orgullo de sus habitantes por la singularidad de su isla. Atravesando el pueblo llegamos hasta su estampa más famosa; la de los antiguos molinos, ubicados en una loma, semejantes a vigías que desde hace cinco siglos escudriñan el horizonte buscando el grano que antaño molían ayudados por el viento inagotable.



Al otro lado, emulando a la lejana Venecia, los balcones de casas y cafeterías se asoman valientemente al Egeo, el mar que les baña y les da la vida. Desde uno de ellos, sentados sobre el mar, se puede ver su agua cristalina y se respira la tranquilidad que seguramente se pierda en los meses de verano.

Y al volver por sus silenciosas calles, los mismos gatos nos observan de vuelta, acostumbrados a las idas y venidas de los viajeros, y a que nadie perturbe su paradisíaco descanso





martes, 14 de abril de 2009

En el mar


Hemos vuelto. Saludos a todos los lectores, me pondré al día a lo largo de la semana una vez que active todos los aspectos de la vida diaria que ahora están en suspenso.
A golpe de barco hemos fondeado en Mykonos, Rodas, Santorini, Dubrovnik y Venecia, partiendo de Atenas y de la que sólo pudimos ver de lejos, imponente sobre la ciudad, el Partenón, testigo pétreo de la cuna de nuestra civilización.
A riesgo de una espantada general de mis lectores, haré entradas cortas de cada uno de estos sitios. Pero no me explayaré, intentaré transmitir mis impresiones más que lo que relatan las guías de viaje.
Pero ahora sólo quiero hablar del mar.
El hombre ha aprendido a utlizarlo pero no ha conseguido dominarlo ni conquistarlo (menos mal). Nos tolera mientras navegamos sobre él, mientras exploramos su interior, mientras sacamos su energía que tan gustosamente nos brinda. Pero de vez en cuando, como el caballo salvaje que quiere hacer notar que aún no está domesticado, relincha, se encabrita y de un plumazo nos muestra su fuerza o su misterio.
Me asombra que el hombre haya llegado a la Luna, recorra Marte con robots, mande sondas a los planetas del sistema solar y explore los confines del universo para intentar escudriñar el principio del mismo, pero aún no conozcamos todo lo que nuestro mar nos oculta. Surcamos su superficie como los insectos recorren nuestra piel, y en ocasiones buceamos en su interior como las agujas que en ocasiones penetran en nosotros. Pero no lo hemos diseccionado ni analizado a fondo.
En medio del mar, aún siendo un mar como el Mediterráneo, lejos de las extensiones del Atlántico o el Pacífico, te sientes enormemente pequeño sin un punto de referencia al que aferrarte. Toda nuestra vida diaria se basa en buscar puntos de referencia. Tanto físicos como psicológicos. El mar los absorbe a todos. La profundidad nos estremece. Imaginarte en medio del mar, solo, en la noche con quizás miles de metros bajo tí repletos de misterios oceánicos es casi aterrador.
El mar lame las orillas de todas las ciudades que hemos visitado. En las Islas Griegas las envuelve en su manto. En Dubrovnik acaricia sus murallas. En Venecia penetra de forma casi indecorosa por todas sus calles, haciendo de ella una ciudad única. El mar es testigo de las historias de estos lugares, tan diferentes y conectadas en cierta forma por él.
El mar Mediterráneo ha sido testigo del nacimiento de la civilización occidental. Ahora se encuentra ahogado por nosotros, asfixiado quizás por estos seres humanos que tanto le deben, aferrándonos a él como las células cancerosas al cuerpo que les da vida, inconscientes de que exprimirlo significa su propia muerte.
Pero en mar abierto me da la impresión de que él es más fuerte que nosotros.
Y así lo espero.
Porque el mar ya sabe lo que es existir sin nosotros, pero nosotros sin él no conocemos la existencia.

domingo, 15 de marzo de 2009

Vikingos


Stavkirke. Así se llaman estas iglesias noreuropeas de las que sólo se conservan unas decenas en Noruega. Se les llama erróneamente Iglesias Vikingas, por los dragones que adornan su fachada. En realidad, todos sabemos que los vikingos no eran muy cristianos que digamos. El cristianismo llegó a Escandinavia allá por el siglo IX, cuando se comenzaron a construir estas iglesias. La gente del lugar aceptó de buen grado la nueva religión, pero seguían incluyendo iconos de sus creencias, como los dragones. Era una forma de decir: "Si, si, lo que digáis pero yo pongo esto por si acaso".
Cuando estuvimos en Noruega nos indicaron que en los últimos años había surgido un grupo violento que quemaba estas iglesias. Se hacían llamar los Nuevos Vikingos o algo así y reclamaban el más puro nacionalismo, volver a las raíces vikingas y acabar con todo aquello que contaminó su historia.
Flaco favor le hacen a los pobres vikingos, a los que la industria cinematográfica han presentado como bárbaros sin corazón ni piedad que arrasaban todo aquello que encontraban a su paso. Y, para que discutirlo, un poco bárbaros si que eran, pero a ver cómo estaríamos nosotros de malhumorados en una tierra infértil (el 95% del suelo Noruego es infértil) y con más frío que pelando rábanos a las 7 de la mañana en enero. Y para los recursos que tenían lograron expandirse, llegar a América y sembrar el pánico en Europa. Incluso llegaron a Sevilla subiendo por el Guadalquivir (y le prendieron fuego de paso, año 844). Claro que cuando llegó el verano y vieron el percaz dijeron: "vámonos de aquí que con estas pielas que llevamos nos cocemos vivos aquí, "mi arma"".
Tras llegar hasta el Mar Negro y el Mar Caspio, tras infundir el terror en el mediterráneo y en los grandes río Europeos, los vikingos fueron languideciendo a partir del siglo x, aunque sus descendientes llegaron a fundar ciudades como Kiev e instaurarse en regiones como Normandía.
Bueno, saliendo un poco del círculo metafísico de las últimas entradas, hoy me he puesto un poco a recordar nuestro viaje a Noruega, así que le dedico esta entrada a este pueblo guerrero de finales del primer milenio, a pesar de que estén furiosos por arrebatarles la primicia del descubrimeinto de América (vale llegaron cinco siglos antes que nosotros, pero no es lo mismo llegar que anunciar, ojo).
Y no tenían cuernos en los cascos!

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