Aún recuerdo aquella fría mañana de principios de enero del año 2004, cuando fuimos David y yo al Refugio de animales. Aún recuerdo cuando te ví, agazapado en una esquina inaccesible, temblando, mirando con desconfianza mientras tus congéneres brincaban y corrían a nuestro alrededor, deseando participar en juegos a los que tú ya habías renunciado con tan sólo ocho meses de vida. Mirabas la algarabía de lejos con melancólica tristeza, asumiendo ya desde temprana edad que tu destino te había golpeado y abandonado demasiado pronto, que habías conocido el lado oscuro del género humano cuando tan solo empezabas a descubrir el mundo.
Fue como si el resto del mundo se parara, como si mi corazón se encogiera de dolor al ver un rostro tan joven y tan triste a la vez. Diez segundos eternos se congelaron en mi memoria para siempre, tu mirada y la mía, cruzándose en medio de una jauría perruna y una polvareda invisible para nosotros dos. Esquivaste la mirada, tímido, queriendo pasar desapercibido para no volver al infierno de las palizas y la incomprensión.
Te tuvieron que traer en brazos hasta mí para conocerte, temblando de miedo. Me avergoncé de la raza humana, y hubiera querido que la justicia en la vida fuera un simple ojo por ojo, donde aquellos que te hicieron sufrir sintieran en sus carnes eternamente todo el dolor que te habían "regalado".
Y luego, en mi interior, decidí darles las gracias, porque quizás gracias a esos ocho meses de mal vivir ahora yo podía regalarte una vida entera de cariño y dedicación.
Las primeras semanas fueron difíciles. Tu mirada quería mostrar agradecimiento pero no sabías si detrás de mis caricias tarde o temprano se escondería una paliza. Esta foto es muy especial para mí, porque por fin conseguí que jugaras con aquella roída pelota de tenis. Por fin te veía alejarte de la sombra de la tristeza y disfrutar de algo tan simple como correr tras una pelota que luego me traías con satisfacción y entusiasmo.
Desde entonces han pasado más de cinco años. Te has mudado conmigo allá donde el trabajo me ha llamado, pasando de tu patio a la estrechez de un piso de alquiler sin rechistar, para luego volver a casa de nuevo y ampliar la familia con hermanos gatunos, otro hermano perruno, y una mamá humana que no hizo sino multiplicar el cariño que recibías.
Hoy te llevo al veterinario porque tienes una enfermedad en los ojos que seguramente tenga fácil solución. Pero ver esa fina capa gris en ellos mientras seguías mirándome con devoción ha vuelto a encogerme el corazón como en aquella fría mañana de enero en el que esos diez segundos nos pertenecieron. Hoy he sentido agradecimiento, amor, cariño y devoción en una mirada perdida, aún a pesar de los picores y molestias que debes estar sufriendo.
Soy yo el que te da las gracias a tí, mi querido amigo. Por acompañarme estos cinco años y lo que nos quede juntos, por confiar en mí, por abrir mi mente intentando averiguar de que forma ves tú el mundo, intentando saber qué mecanismo genético te hace disfrutar de esa fidelidad y bondad que tan bien haría al género humano. Gracias por regalarme tu tiempo y tu vida, porque me ha ayudado a ser mejor persona.
Muchos no entenderán este amor por un animal. No es sólo amor. Es admiración y fascinación, porque nosotros, los humanos, que tanto nos vanagloriamos de ser la raza superior, aún tenemos mucho que aprender de ellos. En su simpleza encontraríamos muchas claves para mejorar nuestra complejidad
