jueves, 28 de mayo de 2009

Jubilación



Esta vez la música sólo me empujó a escribir. La letra no tiene nada que ver con la entrada, pero el ritmo, los acordes, removieron algo que llevo tiempo deseando escribir...
Sé que me lees en la sombra, en el anonimato de tu cuarto, con la radio siempre pegada a tí, o quién sabe, quizás la apagues para escuchar la música del blog. En este caso deberías hacerlo. Porque esta vez, la entrada es tuya.

Para quien no lo sepa aún en estos lares blogueros, mi padre es profesor de E.G.B, o de E.S.O, o de yo que sé como se llama, aunque a él siempre le ha gustado que le digan que él es "maestroescuela", así, todo junto. Este año, después de más de treinta años lidiando con unas cuantas generaciones de nosotros, te jubilas a tus todavía no cumplidos sesenta tiernos añitos.

Yo creo que la tuya es la profesión más bonita del mundo. Enseñar. Enseñar a niños. A personas que todavía no han degustado los sin sabores de la vida en todas sus facetas, las agrias y amargas, las dulces o saladas. Enseñar lo que sabes para que los demás puedan abrirse paso al mundo que les espera...

La vida me llevó por otros derroteros, otras inquietudes, y aunque tú te maravilles de que yo construya puentes, autovías o ferrocarriles, a mí me sigue llenando de orgullo que mi padre haya dedicado su vida a enseñar. Aún recuerdo aquellos dos años en los que pude disfrutar de tí en aquellas clases de historia, cuando sólo tenía once años, y los niños se arremolinaban a tu alrededor preguntando cosas y de repente te levantabas entre la multitud y con aquel estruendoso "sileeeeeeeeeeencio, voy a empezar a poner ceros ahora mismo...", los niños salían corriendo en estampida a sus pupitres mientras cogías tu libreta mágica donde apuntabas aquellas falsas amenazas de negativos y ceros. Con los años me he ido dando cuenta que en tus clases los niños no sólo aprendían, sino que también reían. Con los años, me he ido encontrando con antiguos compañeros que aún hoy en día, veinte años más tarde, me siguen preguntando por tí.

Cuando tenga tu edad y esté cercano el final de mi vida laboral tendré largas listas de proyectos y obras realizadas, habré servido a la sociedad en la medida de mis posibilidades, habré aportado mi granito de arena para que la vida sea un poco más fácil para algunos. Pero si cuando sea mayor la gente me sigue recordando como te recuerdan a tí tus alumnos aunque hayan pasado décadas sin verlos, sólo entonces estaré orgulloso de lo que he hecho.

Feliz jubilación, papá. Gracias por ser un maestro, en tu escuela y en nuestra vida.

lunes, 25 de mayo de 2009

Sueño de una noche de verano



Instrucciones para esta entrada: quitar la música de la barra lateral y escuchar la canción de arriba. Si no, se pierden la mitad de los sentimientos...

Fue una noche de verano.

Por aquel entonces habían minado lentamente mi autoestima y mi moral, de forma que mi alma, siempre entusiasta y optimista, había quedado recluida paulatinamente en algún oscuro rincón olvidado, temerosa del futuro. Mis ilusiones, siempre vivas y alegres, siempre renovadas cada día con la fuerza del amanecer, languidecían sin remedio en el abismo de la incomprensión.

Dejé de creer en muchas cosas. Dejé de creer en compartir, en la unión de las almas, en los abrazos de los cuerpos, en los besos que duran siempre, en la complicidad de la luna y el sol, en la belleza de lo oculto, en las ilusiones que se sueñan despiertas. Y lo peor de todo, por un mísero instante, dejé de creer en mí.

Recuerdo nítidamente aquella noche, con la ciudad semi desierta a la suerte de un calor asfixiante, en aquella terraza de bar donde hablamos de todo y nada a la vez, donde la luz del día fue dejando paso a la noche y ambos fueron testigos de que dos almas alegres con tristes heridas se miraban de lejos, expectantes, o quizás ilusionadas.

Fue una noche de verano cualquiera que mi alma se asomó desde su jaula lúgubre y desolada, buscando el origen de esa luz que se vislumbraba lejos, muy lejos. Te conocí poco antes, pero fue aquella noche de verano, cuando vi tu sonrisa acabar con las tinieblas, que empecé a creer de nuevo.

El orden quiere sujetar al azar, someterlo a unas leyes predecibles en contra de su naturaleza. El caos lo deja libre correr por el tiempo, instrumento de sus fechorías, a veces para bien y otras para mal. Aquel día, el azar quiso que nos encontráramos en el momento preciso, ni antes, ni después. Desde entonces, desde esa noche de verano en la que el azar me regaló tu sonrisa, también creo en el caos.





sábado, 23 de mayo de 2009

Rey

El Rey observaba al bufón desde su prominente trono. Éste hacía equilibrios imposibles que siempre terminaban en algun cómica situación. Cómica para los cortesanos que le rodeaban y que se mofaban de él, ignorantes de sus propios defectos. El Rey se encontraba hastiado de la sempiterna monotonía del día a día. Cada mañana, desde temprano, tenía que soportar las falsas adulaciones, las inexpresivas reverencias, los pomposos y rimbombantes anuncios y las conversaciones insustanciales. Cada mañana el tedio se sumaba al de días anteriores. Y mirando a los cortesanos que se burlaban del pobre bufón, tomó una decisión.
Con un leve ademán despidió a la lastimosa figura que tendida en el suelo soportaba estoicamente el desprecio de sus congéneres. Al día siguiente, frente a toda la turba pendiente de sus palabras, ordenó buscar al bufón al que trajeron en volandas con su arlequinada vestimenta, sucia y harapienta, y su mirada asustada por la premura con el que el rey había requerido su presencia.
El rey se levantó majestuosamente. Su esbelta figura, aderezada con fastuosos ropajes y coronada por el robusto símbolo de oro y diamantes que representaba su autoridad terrenal, contrastaba vívamente con la temblorosa y encorvada estampa de un bufón que temía por su inminente destino. Los súbditos contemplaban la escena, expectantes.
-Mi querido pueblo- tronó la voz del rey sobre la muchedumbre-estoy cansado. Cansado de halagos vacíos, del transcurrir de los días sin otro aliciente que veros pelear por mis favores, cansado de este enjambre de falsedad que me rodea. Quiero ir a ver mundo, a recorrer mis tierras, a contemplar la vida cara a cara lejos de estas paredes grisáceas y este suelo frío e impersonal. Este bufón-y cogió al desgarbado personaje de su izquierda, sentándolo en el trono real- será vuestro Príncipe Regente.
El rey abandonó su corona a los pies del sorprendido bufón y salió del salón, sonriendo dentro de sí, con las atónitas miradas de los cortesanos clavadas en él. Lentamente, como movidos por una inercia superior, una vez el rey se perdió de su campo de visión, los necios volvieron la vista hacia el hasta entonces diana de sus mofas. Ya no parecía triste y miedoso
El Rey Bufón ordenó que trajeran su almohada empapada de lágrimas y les mostró lo que el ser humano es capaz de hacer con sus semejantes.
El Rey Bufón miró por la ventana y notó que el sol brillaba de forma diferente...

martes, 19 de mayo de 2009

Bufón

Mientras sus ojos nerviosos barrían la sala en busca de algún signo de aprobación, gesticulaba sin parar ante la expectación de los presentes, ansiosos de ser testigos de una nueva pirueta con resultado impredecible. Sus cascabeles, crueles representantes de su condición de bufón, tintineaban sin cesar tras cada movimiento de cualquiera de sus extremidades, torpes y desproporcionadas. Un traspiés acabó con su nariz ganchuda en el marmóreo suelo y sus juguetes malabares abandonaron el cíclico movimiento al que se veían sometidos, cayendo de forma estrepitosa sobre su esquelético cuerpo. Una coreografía de risas y aplausos, de mofas y burlas, resonaron con fuerza en el amplio salón del castillo, al tiempo que el rey, cansado, despidió al bufón con un ademán de desprecio. Siempre sonriendo, como si de esa forma pudiera borrar la amargura de sus ojos, el bufón recogió sus cosas y salió con la cabeza gacha, mientras los espectadores señalaban su figura, jorobada y deforme.
Encerrado en su exiguo y sombrío aposento, el bufón se lamentó de que gente tan vacía pudiera llenar su alma de tristeza infinita. Y al caer la noche, soñó sobre su almohada, de lágrimas empapada, con un mundo en el que la vida no sonreía a los necios...

sábado, 16 de mayo de 2009

Eterna partida (II).Peón.


Se sintió sólo en medio del tablero.
Frente a él, un impresionante ejército negro había quedado reducido tanto como el blanco. Tras de él sentía el aliento de los suyos. Flanqueándole, la nada, el vacío, los huecos dejados por sus compañeros caídos en la batalla. Se sintió pequeño, muy pequeño en aquella llanura cuadriculada que ya olía a muerte y desolación.
Una figura relinchante y oscura le miraba de forma amenazadora, tan sólo disuadido en su afán de aniquilarle por el picudo y nacarado alfil que en su diagonal le protegía con su vida.
Desde la retaguardia, surgió el eclipse. Una inmensa mole negra como un abismo sin fondo se colocó frente a él y lo miró fijamente. Su cuerpo adoquinado y sus movimientos rectilíneos, su cabeza coronada por las impresionantes almenas y su esbelta y robusta figura le infundieron el temor que le faltaba para ponerse a temblar ante la amenaza de una muerte cierta.
Pero de repente, sintió una ola de luz que se acercaba tras de sí. Las figuras negras frente a él alzaron la vista ante la majestuosa presencia que se colocó a su lado y que le envolvió en su manto de protección, desafiando al tablero entero con un rugido amenazador. Embelesado, miró hacia arriba con esperanza y devoción.
-Vamos, mi valiente peón, tenemos que llegar al final de sus líneas y vengar a nuestros compañeros.
Un fuego en su interior le recordó a sus amigos caídos en la batalla. Y desapareció el ejercito negro ante sus ojos; sólo existía un pasillo que le llevaba al final de la cuadrícula, jaula de su existencia. Mientras avanzaba, sentía como sus compañeros caían a ambos lados en un intento desesperado por protegerle, por llevarle escoltado hacia su destino, que también era la esperanza de todos. A lo lejos vió a su Reina caer mientras le lanzaba un guiño de complicidad...
Y llegó al final del tablero, sintió como su pequeño cuerpo de peón se expandía de regocijo y clamaba sed de venganza. Un fulgor inmenso explotó dentro de él y observó, esta vez desde su posición elevada, que el ejército negro temblaba ante él.
Todo el mundo, por pequeño que sea, puede hacer algo grande.
El temeroso pero aguerrido peón era ahora la nueva Reina Blanca.

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