miércoles, 9 de marzo de 2011

Me abro paso...

Me abro paso.
Ahogado y castigado por el Reloj que tanto he intentado combatir en mis escritos, con mi mente confusa y luchando por asentarse en una nueva realidad, tratando de organizar el presente para apuntalar el futuro...lentamente me abro paso. Escribo sin ninguna idea en concreto, porque los acontecimientos de los últimos meses surcan mi memoria a un ritmo que no logro atrapar. No consigo idear cuentos acerca del tiempo porque éste me arrincona y se ríe de mí. Sé aguantar, mi maldito archienemigo. Aún tengo fuerzas, aún tengo ilusión, aún tengo esperanza.
Nuevas cortinas de humo para nuestra sociedad idiotizada. Debates sin sentido acerca de los fumadores y no fumadores, de la nueva limitación de velocidad o de las jubilaciones a los 67. Divide y vencerás. Divide a la sociedad, masácrala con debates absurdos e insustanciales, deja que se pelee el vulgo mientras los senadores romanos contemplan la batalla, impertérritos, entre funcionarios y trabajadores por cuenta ajena, entre fumadores y no fumadores, entre jóvenes y ancianos...Mientras se pelean no os miran a la cara y descubren vuestra incompetencia para cumplir lo imposible. Seguid lanzando migajas al aire para que nos arrastremos por el suelo para recogerlas y así no veremos el cielo sombrío, negruzco, amenazante...
Reto a un político a que diga lo siguiente: Que no promete sacar a nuestra sociedad de la crisis porque esta crisis es necesaria debido a su incompetencia de miras de futuro, y que para salir de ella (y no en forma de solución provisional) se necesitarán décadas de cambio en nuestro modelo productivo...Que no se arreglará en la próxima legislatura ni en la siguiente, que será un proceso lento y doloroso...
Ninguno lo dirá porque ninguno quiere ser pájaro de mal agüero y perder votantes. Es lo único que les interesa. Seguir engordando a costa de la plebe...
Saludos, compañeros. Poco a poco, pero la Torre vuelve a abrirse paso.

lunes, 31 de enero de 2011

Ya no quiero ser superhéroe

De pequeño quería ser como Supermán. Todos los niños queríamos ser como Superman, que volaba, tenía superfuerza, supervisión, atravesaba paredes y le rebotaban las balas. Era el superhéroe de la infancia porque sus poderes son perfectos a los ojos de un niño; puedes hacer lo que quieras sin que nadie pueda impedírtelo.
Ya de adolescente comienzas a barajar otras posibilidades. El hombre invisible comienza a ser interesante, pues puedes enterarte de todo sin ser visto, y saber lo que realmente piensan los demás de ti, algo que valoramos mucho en esa etapa tan cambiante e insegura de nuestra vida. Conforme maduramos abrimos la mente hacia otras posibilidades más complejas como la telequinesia (claro indicio de que nos hacemos perezosos), la telepatía (una forma avanzada del deseo de enterarnos de todo, pero ahora directamente de la mente, sin conversaciones subjetivas), dominar el fuego o el hielo, etc…
Finalmente nos quedamos con aquellos superhéroes que son capaces de manipular algo, y entre todos ellos mi favorito, como no, es el que pueda manipular el espacio-tiempo, como Hiro Nakamura en Héroes.
Sin embargo mi Señora del Caos, al preguntarle al respecto, lo tenía aún más claro que yo; le gustaría uno de estos dos poderes; el de curar a los seres vivos, o el de poder transmitir a las personas cualquier sentimiento que hayan causado. Básicamente su deseo era poder hacer ver a las personas el sufrimiento que hayan podido causar a otro ser vivo, haciéndoselo revivir en su propia piel.
Lo he pensado y ya no quiero ser superhéroe. Creo que no tendría el equilibrio mental suficiente que tienen los superhéroes para aplicar sus poderes al mundo real. Ellos, los buenos, siempre intentan no hacer un uso excesivo de sus poderes aunque ello signifique darle ventaja a los “malos”. Yo no podría darles esa ventaja. Yo querría coger a ese violador e inyectarle toda la dosis de dolor que ha causado. Yo querría ver una mirada de horror en los ojos de un maltratador, cuando sintiera la misma oleada de miedo que ha provocado en su pareja. Yo sería un superhéroe vengativo, cruel y despiadado que no tendría piedad de todo aquel que haya causado dolor de forma consciente. Yo disfrutaría viéndolos retorcerse de dolor, gritando de miedo, suplicando morir, y los condenaría a un ciclo incesante de sus propias acciones volcadas sobre su mente. No querría que murieran, querría que sufriesen en vida.
Yo querría hacer sentir a estas personas que abandonan a los animales el mismo sentimiento de soledad que embarga a un perro cuando lo dejas abandonado en un camino y huyes con el coche. Querría que sintieran el mordisco del frío de la noche, la angustia de la eterna espera, el dolor de la ausencia…
Por eso no quiero ser superhéroe, porque me convertiría en un juez implacable…

Y aquí os dejo unas fotos de un cachorro que hemos encontrado abandonado mi mujer y yo, y que me ha inspirado esta entrada. Necesita un hogar, nosotros no podemos tenerlo en la Torre, que además está de mudanza. Es muy cariñoso y agradecido y alguien lo ha abandonado cuando aún no ha terminado de aprender lo que es jugar.
Por favor, transmitid esta entrada a alguien que quiera un cachorro para regalarle un poco de cariño. Sabéis que sólo en contadas ocasiones os pido que difundáis una entrada. Ésta es una de ellas.

No hace falta que sea un superhéroe. Nos basta con que sea un héroe.








sábado, 22 de enero de 2011

Tiempo de Cambios

Los últimos meses del 2010 han supuesto una vorágine de perspectivas de cambio en la Torre del Caos. Cuando más sucesos acontecen y más tengo para escribir, menos tiempo tengo de hacerlo. Es una ecuación odiosa, pero no por ello menos cierta.
Si leéis la introducción al blog, a la izquierda, comprenderéis la filosofía que intento instaurar en mi vida; lo caótico, lo desordenado, lo impredecible, no es sinónimo de malo. En el cambio está la oportunidad, la evolución, el salto cualitativo. No siempre es así, y a veces los cambios son a peor. Por eso hay que lucharlos, no hay que dejarse vencer por la desidia o el pesimismo.
La crisis de la que tanto se habla en los últimos años y que amenaza con instalarse para siempre en nuestro día a día ha comenzado a afectar también a la obra civil, y por ello, la Torre ha de ajustarse a los tiempos venideros...
Y ahora tengo que dejar mi tierra, la de la bandera blanca y verde, la de los pueblos encalados, agricultores incansables, y pescadores curtidos. Nací entre olivos, me crié a la orilla del Mediterráneo y me formé bajo la atenta mirada del Veleta. Mi vida ha transcurrido entre Sierra Morena y el Mediterráneo, con sabor a gazpacho y a pipirrana, a sardinas y abadejo, a migas con chorizo y plato alpujarreño. Mi vida huele al alpechín de las fábricas de aceite, al viento salado de la costa, a naranjas del valle del Guadalquivir y al embrujo del Sacromonte. Mi vida es del color de la tierra jienense que me vio nacer, del azul de las playas de Estepona que me vio crecer de niño a adolescente, y del blanco de Sierra Nevada que me vio pasar de adolescente a adulto.
Y en cada rincón de Andalucía guardo recuerdos: de las playas de Huelva, de los carnavales de Cadiz y de sus pueblos blancos, del sol revitalizante de mi Málaga querida, del olor a azahar bajo la giralda de Sevilla, de la amable gente de la campiña de Córdoba, del calor de la familia de Jaén, de las negras arenas de la costa de Almería y del sabor de la Alhambra en las noches de verano.
Por eso, romper con mi historia no va a ser fácil. Dejar atrás más de treinta años de mi Andalucía no es un paso fácil. Pero es necesario.
Que nadie entienda esto como un estado de nostalgia y melancolía que me impedirá avanzar hacia el futuro. Afronto con ilusión una nueva etapa sabiendo que nunca abandono mi tierra porque ella vive dentro de mí y a la vez dejándome llevar por nuevos sabores y sensaciones.
Siempre me gustó Madrid.
Ahora toca escribir sobre tí...







lunes, 6 de diciembre de 2010

De Héroes y Villanos

Ni que decir tiene que el tema de actualidad es el secuestro de cientos de miles de personas a mano de unos señores que desde su Torre de control se creen con derecho a boicotear los sueños de los ciudadanos. Hay quienes intentan justificar estos actos diciendo que es la única forma de conseguir lo que quieren, a lo que yo puntualizo:
1. Si es la única forma de conseguir lo que quieren, es que a lo mejor lo que quieren es demasiado descabellado.
2. Las costumbres se convierten en leyes. Esta frase me la dijo una vez mi amigo Iván, y desde entonces le he visto aplicación en multitud de facetas de la vida. Esta es una de ellas. Unos señores mimados y mal acostumbrados no quieren que le desplumen la gallina de los huevos de oro, y en vez de hacer huelga anunciándola como todo hijo de vecino, se saltan a la torera la ley moral y ética y se declaran en rebeldía.
Yo propongo que cuando un ciudadano requiera un servicio público, tenga que decir su profesión o si trabaja en algo. Y propongo que médicos, enfermeras, policías, bomberos, taxistas, abogados, jueces, y cualquier otro que se os ocurra, abandonen inmediatamente su puesto de trabajo cuando un controlador aéreo requiera sus servicios. Que vivan en su propia sociedad egoísta y engreída. Quedaros solos limpiando vuestra inmundicia moral y no recurráis al resto de la sociedad de los simples mortales a los que periódicamente amargáis sus sueños, ilusiones u obligaciones. Quedaros solos en vuestra Torre de Control.
El mismo día de este secuestro hubo otra noticia eclipsada por la anterior: Un hombre se cae al metro de Madrid y un policía que no estaba de servicio se lanzó a las vías del metro y rescató in extremis la vida de un desconocido. Sin obligación, sin cobrar nada por ello, sin esperar nada a cambio. Arriesgando su vida.
Este hombre, "señora que lloriquea en las noticias diciendo que trabaja en condiciones de esclavitud", es un Héroe.
Sobra decir quiénes son los Villanos.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Paseo de la Castellana, esquina Bernabéu



Subiendo el Paseo de la Castellana, lateral derecho, esquina Bernabéu. Allí encontraréis un hombre enjuto y arrugado. No medirá más de medio metro y para caminar necesita valerse de dos pequeñas muletas hechas a su medida. Su rostro y su cuerpo hacen evidente que la vida se ha cebado con él. Postrado en su esquina, a la sombra del ingente estadio Santiago Bernabéu, este pequeño hombre vende cupones diariamente a pocos metros de donde semana a semana se reúnen miles de personas para jalear a sus ídolos.
El pequeño hombre sonríe a los transeúntes que se paran a comprarle un cupón. Algunos ya le conocen. A veces se acerca alguien paseando su perro y éste inunda de lametones su rostro mientras él ríe y acaricia con sus manos menudas el peludo cuerpo de quien sabe distinguir a las personas por su corazón y no por su cuerpo. Quiero ese poder de los perros. Quiero ver sin los ojos, despojarme de los prejuicios de una sociedad hecha a la medida del ser humano estándar y que deja en la cuneta al que no camina tan rápido como él.
A pocos metros de él juega Cristiano Ronaldo. Lo tiene todo, pero quiere más. Genera antipatía a raudales. A mí no me cae mal, creo que tiene un espíritu ganador inconformista y eso es bueno. Distinto es que no sepa gestionar inteligentemente sus cualidades. A mí no me cae mal, pero no lo admiro. Porque la admiración es algo muy serio. Admirar a alguien significa ponerte en la situación de la otra persona y no estar seguro de poder conseguir lo mismo que él con las mismas condiciones iniciales. Y yo, con las mismas condiciones que Cristiano, creo que lo haría mejor. Sería más inteligente, más cercano, y con el mismo espíritu ganador. Creo que sería capaz de contagiar a la gente de mi entusiasmo.
Y por eso yo admiro al pequeño hombre de la esquina del Bernabéu. Porque creo que yo, con sus mismas condiciones, me hubiera dejado arrastrar por la autocompasión y el conformismo, me hubiera hundido en una espiral de tristeza e incomprensión y no sería capaz de sonreír a las personas y acariciar alegremente a los perros.
Esto, queridos amigos, no es una historia ficticia. Cualquiera que pase por el lateral de la Castellana, subiendo los números pares, antes de llegar a Bernabéu, verá a esta persona. Ahora en invierno se cala un gorro hasta las cejas, se arrebuja en su abrigo y deja el tiempo pasar observando desde abajo a la gente caminar apresurada.
Y yo lo veo ahora cada día.
Y cada día crece mi admiración.



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