viernes, 17 de agosto de 2012
Llanura de Sal
- Está cambiando a poniente.
Los dos viejos miraron a lo lejos, donde se comenzaba a vislumbrar el contorno del peñón de Gibraltar. Las olas se estrellaban mansamente contra las rocas que conformaban el espigón. En ocasiones, los restos en forma de gotas salpicaban sus piernas.
- Allí vuelve otro.
- Demasiado temprano. Mala señal.
Observaron el pequeño pesquero que se dirigía a la bocana del puerto. Apenas se distinguían las formas humanas sobre él. El sol asomaba por el horizonte, perezoso y las gaviotas perseguían el rastro del pesquero. Se escuchaban los graznidos lejanos, persistentes.
- ¿No lo echas de menos?
- ¿El qué?
- El que va a ser, el mar.
- No.
Lo miró extrañado. Hacía casi un año que ambos se habían jubilado y se acercaban al espigón desde el que se divisaba el puerto, pero hablaban poco. No lo necesitaban. Después de tantos años faenando codo con codo, no parecía que tuvieran muchas cosas que decirse. Pero él si echaba de menos el mar, y creía que a todo marinero le pasaría lo mismo. Por las tardes solía pasear cerca de la lonja, donde tenían los pescadores las casetas de los aperos y se pasaba la tarde hablando con sus antiguos compañeros acerca de la escasez de atunes, del recorte de subvenciones y sobretodo de los tiempos pasados, cuando pescar era un arte y no una carrera contrarreloj. Le gustaba ayudar a Pedro con las redes, siempre había sido muy torpe remendando los agujeros y a él le venía bien para mantenerse ocupado. Tenía la sensación de que si dejaba de ejercitar las manos se le atrofiarían enseguida y se le pudrirían. La falta de actividad le producía un inquietante cosquilleo en brazos y piernas.
- ¿No te apetece de vez en cuando volver a faenar?
- ¿Estás loco? ¿Volver a levantarme de noche para pasar un frío del demonio hasta que te duelen los huesos para traer cuatro duros?
- Pero si te sigues levantando a la misma hora. Como yo. Tenemos la luna metida dentro.
- Si, pero cuando me levanto sé que puedo seguir durmiendo si quiero. No tengo que salir a jugarme la vida ni ir a pelear a la lonja como si nos dieran limosna
- ¿Entonces porque vienes aquí a ver llegar a los barcos?
- Me entretiene. El día es muy largo. Y para que no vengas sólo y todos te tomen por un viejo loco.
Emilio vio como su amigo sonreía. Sabía que lo decía en broma. Quizás eso era lo que le pasaba, que estaba buscando una rutina y simplemente se apegaba a lo que conocía. No era que lo echara de menos, era que no conocía otras cosas. A lo mejor debería ir a pasar unos días con su hijo. Aunque la última vez no fue una buena experiencia. Por primera vez en su vida estuvo a cientos de kilómetros del mar, y el horizonte estaba lleno de edificios. El aire era seco y el frío demasiado cortante. Lo llevaron a comer a un restaurante. Su nuera decía que era de los mejores restaurantes de la ciudad, pero los calamares sabían a plástico reciclado y las almejas no tenían arena. A todo le echaban cantidades ingentes de limón, ahora entendía por qué. Por las noches el ruido del tráfico se le metía en la cabeza y añoraba el romper de las olas. Se despertaba cuando era aún de noche, como siempre, pero en vez del espigón, las rocas y la arena sólo podía encontrar asfalto, camiones de basura y borrachos cantando. No se le quitaba el hormigueo de las manos.
- ¿Qué edad tienen tus nietos?
- El mayor tiene siete años y la pequeña cuatro- contestó Santiago- El mayor quiere ser portero de fútbol, dice. Se pasa el día con los guantes que anuncia en la tele Casillas.
- Nadie quiere ser pescador.
- Ninguno queríamos ser pescadores de niños, Emilio. Era lo que había.
Emilio se quedó pensando mientras veía como llegaban
- No sé. A mí si me gustaba.
- Qué te va a gustar. Era lo único que conocías. Con siete años nuestros padres ya nos enseñaban a coser redes. ¿Te acuerdas de Sebastián?
- ¿El carnicero? Se murió el año pasado
- Si, ya lo sé. Su padre lo puso a cortarle la cabeza a los pollos a los ocho años. ¿Tú crees que le gustaba? No, pero heredó la carnicería y se tiró cuarenta años de carnicero. Era lo que había. Su hijo sin embargo se fue a estudiar a la ciudad. Ahora tiene una empresa, “Embutidos Sebas”. El
trabajo es parecido, porque es lo que ha bebido toda su vida. Pero ha evitado lo de cortar cabezas de pollo. Ahora lo hacen otros. Es el progreso.
- Mi hijo es maestro.
- Tú eres distinto, Emilio. Tú sabes lo duro que es esto y siempre has intentado que tu hijo buscara otra forma de vida. ¿Pero te acuerdas cuando era niño? Le regalaste una pizarra para que dibujaran y la sacaba a la plaza y jugaban todos los niños a que eran vendedores de la lonja. Es lo que veían día a día. Pero tú eres un cabezón y te empeñaste en que buscara otra forma de vida. No te lamentes de que nadie quiera ser pescador, es lógico, tú mismo has guiado a tu hijo hacia otro lado.
- No tenía madera, Santiago. Tenía los dedos finos
- Ésa es la excusa que te buscas para justificarte. El chico era como todos los demás. Pero tú te has pasado la vida en el mar para evitar que él tenga que levantarse a la hora de los búhos. Y a fe que lo has conseguido. Ni siquiera se baña en la playa cuando viene de vacaciones a verte.
Emilio miró a su amigo. Siempre se decían las cosas de aquella forma, sin adornos ni rodeos. Los marineros tenían fama de rudos, aunque él prefería llamarlo sinceridad. En el mar no se tenía demasiado tiempo para remilgos. Podías discutir con algún compañero y al día siguiente te agarraba justo antes de que cayeras por la borda cuando un golpe de mar te pillaba descolocado. Los brazos eran más importantes que las palabras.
- Me ha dicho que me vaya a vivir con ellos.
- ¿Tu hijo? Vete con ellos, Emilio. La soledad es muy mala.
- No estoy solo. Te tengo a ti y todos los días veo a los compañeros.
- Ya sabes a lo que me refiero. La gente tiene su vida. Aparte de su trabajo quiero decir. Tienes que dejar el mar, ya le has dedicado bastante tiempo.
Emilio pensó en los calamares de plástico, en los paseos nocturnos por las calles de la ciudad. Quizás podría acostumbrarse a ello. Si al menos María estuviese a su lado… Se fue demasiado pronto. Siempre imaginó su jubilación paseando cada mañana de la mano con ella, recogiendo conchas de mar y desayunando en el bar del barrio. Nunca desayunaron juntos, excepto aquellos días en que nació su hijo y se quedó una semana junto a ella. Fueron los días más felices de su vida. Y no fue faenando en alta mar, sino allí, en su casa de paredes encaladas, cuidando de ella y no de las cajas de pescado fresco. A lo mejor por eso echaba de menos el mar, porque era menos doloroso que echarle de menos a ella.
Se levantó. El sol ya estaba alto y comenzaba a pegar fuerte
- Vámonos, Santi. Está pegando fuerte. Te invito a un vino
- Antes de irte a vivir fuera me invitarás a comer langosta al menos…
- No me voy a ir a ningún lado.
- Eres tan cabezón como siempre. El mar no te va a limpiar cuando babees como un caracol
- No es sólo el mar Santi…
Santi lo miró. Lo agarró del brazo, como antaño hacían en alta mar para evitar que se cayeran por la borda.
- Vamos Emilio. Te acompaño al cementerio, y luego echamos ese vinito.
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Minicuentos
miércoles, 8 de agosto de 2012
Híbridos
“Se llama Salvador. Le he dicho que viniera esta noche a cenar a casa. Y antes de que metas la pata hasta el fondo, papá, te advierto que Salvador es un Híbrido.”
Me quedé con la cuchara a medio camino entre mi boca y mi plato, mientras miraba como mi padre pasaba en silencio por varias tonalidades de rojo y morado hasta estallar en una tormenta de palabras que se atropellaban unas a otras: “¡¡Pero de que cojo…como te atreves a…que mierda he hecho yo para…!!”. Mi madre trataba de capear el temporal para que la cosa no fuera a mayores, diciéndole que se tranquilizara, lo que hacía que se cabreara aún más: “¿Qué me calme? ¿Qué me calme?¿Pero tú estás oyendo a tu hija?¡ Un híbrido dice! ¡ Un puto mestizo! ¡Mi hija, por dios santo!¡ Voy a ser el hazmerreir de toda la puta Jefatura de División“.
Mi hermana siempre había sido la rebelde de la familia. Mi hermano el mayor, sin embargo, siguió los pasos de mi padre y pronto comenzó su carrera militar. El día que fue destinado a la base de Titán, mi padre debió sentirse el hombre más feliz del sistema solar. ¡Su hijo graduado en la Academia y destinado en el puesto fronterizo por excelencia! Mi madre por el contrario se pasó semanas vagando por la casa como alma en pena. “No llores, mujer”, le decía mi padre. "Si hoy en día no es como antes, que esos viajes interplanetarios duraban años…Ya sabes que el viaje hasta la frontera dura tan sólo un par de semanas, y además con las nuevas comunicaciones cuánticas podrás hablar con el casi en tiempo real, no me será difícil conseguir un Nivel 4 de Comunicación Interplanetaria"… Y así fue. Para un general condecorado en la Segunda Ciberguerra, los trámites burocráticos eran mucho más llevaderos que para el ciudadano de a pie. Mi madre se hizo entonces adicta a la pantalla holográfica que le conectaba con mi hermano Adrián e insistía en enviarle ropa y comida criogenizada mediante valija temporal casi a diario.
Pero mi hermana desde el principio dejó claro que a ella el tema militar o policial no le llenaba en absoluto, para desesperación de mi padre y alivio de mi madre. Mi padre, que en el fondo era un buenazo, tuvo que dejarle que iniciara sus estudios en Ingeniería Neuronética y pronto se convirtió en una activista y férrea defensora de los derechos de los Híbridos. El día que papá vio en las noticias del holodiario a Ángela en cabeza de un grupo de manifestantes pro-híbridos, casi le da un ataque. Para papá un Híbrido era un desertor de la raza humana, un traidor, la bazofia más pútrida del Sistema Solar. Al fin y al cabo, decía él, los Cyborg no pueden evitar ser lo que son, pero “estos mestizos de mierda están vendiendo su puta alma humana a cambio de nanochips implantados en el cerebro, que asco de gente”, vociferó mientras apagó el Holovisor de pura rabia. Cuando Ángela llegó a casa, aún con los restos de alguna pintura en la mejilla, mi padre salió de casa dando un portazo y mascullando algo acerca del aire infestado de traición o algo así. Estuvo casi dos semanas sin hablar con mi hermana y cuando lo hizo fue para decirle que la próxima vez que le fuera a dar un disgusto, esperaba que se lo dijera a la cara antes de tener que enterarse por los holodiarios que la hija del general Campos hacía sentadas ilegales frente a la sede de la Delegación del Gobierno Estelar para protestar por los derechos de los mestizos. Yo por aquel entonces admiraba tanto a mi hermano Adrián como a mi hermana Ángela. Con puntos de vista totalmente diferentes sobre la vida y sobre la situación actual, ambos defendían sus posturas con vehemencia. A mí, a diferencia de mi hermana, me costaba discutir con papá y de hecho lo evitaba a toda costa. Papá siempre me daba la misma charla que años atrás le daba a Adrián, acerca del honor, los valores de la sociedad y la necesidad de estar preparados para la Tercera Ciberguerra como siempre lo habíamos hecho. Ángela sin embargo me moldeaba en la sombra, hablándome de un sistema solar unido, de un universo compartido con otra raza inteligente y de la necesidad de que evolucionáramos hacia un nuevo estadio, que quizás tuviésemos que librar muchas batallas antes de llegar a esa paz, pero que el primer paso tenía que ser igualar su tecnología y superarla para poder luchar en igualdad de condiciones. En mi mente de adolescente todo eso formaba un batiburrillo difícil de asimilar. Ángela siempre me decía que el problema de la generación de papá y las anteriores era que no acababan de aceptar que una raza que ellos crearon, los cyborg, finalmente se desprendiera del yugo de los humanos y decidieran seguir su propio camino. Que la vida, ya fuera de carbono o de silicio, era vida al fin y al cabo y que había que encontrar el equilibrio. Que el Proyecto SIC era la solución. Pero claro, luego venía papá y me decía que eso de evolucionar tu cuerpo de forma artificial era como prostituir tu alma, que prefería morirse con cien años, senil, arrugado y decrépito antes que vivir trescientos años a base de implantaciones de plástico y silicio.
Mi hermana Ángela conocía a la perfección el carácter explosivo de mi padre y sabía que tenía que dejarlo vociferar hasta que perdiera fuelle, así que aguardó pacientemente los diez o doce minutos de discurso paternal acerca de hijos desagradecidos que pisotean los valores de sus padres y de la tendencia de la juventud a dejarse llevar siempre por las nuevas modas, y cuando el huracán que emanaba de la boca de papá fue arreciando, mi hermana le dijo que no tenía porqué ponerse así, que a ella no le apetecía tampoco traer a su novio a casa, y que si lo hacía era simplemente porque no quería que le diese un infarto si la veía en el holodiario besándose con él y porque mamá también tenía derecho a conocerle. “Ella no tiene la culpa de que tú seas un miope retrógrado”, terminó mi hermana. Mi madre la miró con los ojos desorbitados y el gesto de súplica mientras yo hundía mi cuchara en la sopa de algas y miraba de reojo a mi padre para ver si tenía que ponerme a cubierto. La discusión, sin embargo, terminó ahí. Mi padre dejó el plato sin tocar en la mesa, encendió el sintonizador de empatía del comedor y se tumbó en el sillón de relajación neuronal. Se hizo un silencio bastante incómodo en el que sólo se escuchaba el suave zumbido del sintonizador y a mi madre hablando en susurros con mi hermana mientras colocaban los platos en el regenerador. Mi madre le decía que fuera comprensiva, que mi padre era buena persona pero que había vivido dos guerras y había visto morir a su propio hermano y a muchos amigos a manos de los cyborg. “Pero no de los híbridos, mamá, los híbridos son humanos, simplemente aprovechan la tecnología para evolucionar, para mejorar, esas teorías de la evolución natural tienen que ser revisadas hay otro tipo de evolución, y si no lo aceptamos, nos quedaremos estancados como los neandertales y nos extinguiremos. Ya hay una raza que mejora la nuestra, es cuestión de tiempo que terminemos recluidos en el cinturón interior del sistema, mientras que los cyborg exploran Alfa-Centauri y los sistemas próximos.” Mi madre miraba con ternura a mi hermana, intentando comprender. “No sé, hija, es que es un poco, no sé…,¿dónde queda el alma”? “Oh vamos mamá, tú también te tragas toda esa propaganda barata del alma? Eso es lo que quiere la Iglesia Humanista que pensemos, que el alma reside en un trozo de cerebro que sustituimos para implantar un nanochip de control celular, de estimulación auditiva o de memoria acumulativa. Si los dispositivos son externos, nadie dice nada, pero si van incrustados en el tejido cerebral todo el mundo pone el grito en el cielo, es una hipocresía barata, no lo ves? Mira papá, utilizando el sintonizador de empatía y el sillón de relajación neuronal, al fin y al cabo es lo mismo que si tuvieras la aplicación implantada en el córtex, con la ventaja de que forma parte de ti y lo usas en cualquier sitio”.
Pero mi hermana desde el principio dejó claro que a ella el tema militar o policial no le llenaba en absoluto, para desesperación de mi padre y alivio de mi madre. Mi padre, que en el fondo era un buenazo, tuvo que dejarle que iniciara sus estudios en Ingeniería Neuronética y pronto se convirtió en una activista y férrea defensora de los derechos de los Híbridos. El día que papá vio en las noticias del holodiario a Ángela en cabeza de un grupo de manifestantes pro-híbridos, casi le da un ataque. Para papá un Híbrido era un desertor de la raza humana, un traidor, la bazofia más pútrida del Sistema Solar. Al fin y al cabo, decía él, los Cyborg no pueden evitar ser lo que son, pero “estos mestizos de mierda están vendiendo su puta alma humana a cambio de nanochips implantados en el cerebro, que asco de gente”, vociferó mientras apagó el Holovisor de pura rabia. Cuando Ángela llegó a casa, aún con los restos de alguna pintura en la mejilla, mi padre salió de casa dando un portazo y mascullando algo acerca del aire infestado de traición o algo así. Estuvo casi dos semanas sin hablar con mi hermana y cuando lo hizo fue para decirle que la próxima vez que le fuera a dar un disgusto, esperaba que se lo dijera a la cara antes de tener que enterarse por los holodiarios que la hija del general Campos hacía sentadas ilegales frente a la sede de la Delegación del Gobierno Estelar para protestar por los derechos de los mestizos. Yo por aquel entonces admiraba tanto a mi hermano Adrián como a mi hermana Ángela. Con puntos de vista totalmente diferentes sobre la vida y sobre la situación actual, ambos defendían sus posturas con vehemencia. A mí, a diferencia de mi hermana, me costaba discutir con papá y de hecho lo evitaba a toda costa. Papá siempre me daba la misma charla que años atrás le daba a Adrián, acerca del honor, los valores de la sociedad y la necesidad de estar preparados para la Tercera Ciberguerra como siempre lo habíamos hecho. Ángela sin embargo me moldeaba en la sombra, hablándome de un sistema solar unido, de un universo compartido con otra raza inteligente y de la necesidad de que evolucionáramos hacia un nuevo estadio, que quizás tuviésemos que librar muchas batallas antes de llegar a esa paz, pero que el primer paso tenía que ser igualar su tecnología y superarla para poder luchar en igualdad de condiciones. En mi mente de adolescente todo eso formaba un batiburrillo difícil de asimilar. Ángela siempre me decía que el problema de la generación de papá y las anteriores era que no acababan de aceptar que una raza que ellos crearon, los cyborg, finalmente se desprendiera del yugo de los humanos y decidieran seguir su propio camino. Que la vida, ya fuera de carbono o de silicio, era vida al fin y al cabo y que había que encontrar el equilibrio. Que el Proyecto SIC era la solución. Pero claro, luego venía papá y me decía que eso de evolucionar tu cuerpo de forma artificial era como prostituir tu alma, que prefería morirse con cien años, senil, arrugado y decrépito antes que vivir trescientos años a base de implantaciones de plástico y silicio.
Mi hermana Ángela conocía a la perfección el carácter explosivo de mi padre y sabía que tenía que dejarlo vociferar hasta que perdiera fuelle, así que aguardó pacientemente los diez o doce minutos de discurso paternal acerca de hijos desagradecidos que pisotean los valores de sus padres y de la tendencia de la juventud a dejarse llevar siempre por las nuevas modas, y cuando el huracán que emanaba de la boca de papá fue arreciando, mi hermana le dijo que no tenía porqué ponerse así, que a ella no le apetecía tampoco traer a su novio a casa, y que si lo hacía era simplemente porque no quería que le diese un infarto si la veía en el holodiario besándose con él y porque mamá también tenía derecho a conocerle. “Ella no tiene la culpa de que tú seas un miope retrógrado”, terminó mi hermana. Mi madre la miró con los ojos desorbitados y el gesto de súplica mientras yo hundía mi cuchara en la sopa de algas y miraba de reojo a mi padre para ver si tenía que ponerme a cubierto. La discusión, sin embargo, terminó ahí. Mi padre dejó el plato sin tocar en la mesa, encendió el sintonizador de empatía del comedor y se tumbó en el sillón de relajación neuronal. Se hizo un silencio bastante incómodo en el que sólo se escuchaba el suave zumbido del sintonizador y a mi madre hablando en susurros con mi hermana mientras colocaban los platos en el regenerador. Mi madre le decía que fuera comprensiva, que mi padre era buena persona pero que había vivido dos guerras y había visto morir a su propio hermano y a muchos amigos a manos de los cyborg. “Pero no de los híbridos, mamá, los híbridos son humanos, simplemente aprovechan la tecnología para evolucionar, para mejorar, esas teorías de la evolución natural tienen que ser revisadas hay otro tipo de evolución, y si no lo aceptamos, nos quedaremos estancados como los neandertales y nos extinguiremos. Ya hay una raza que mejora la nuestra, es cuestión de tiempo que terminemos recluidos en el cinturón interior del sistema, mientras que los cyborg exploran Alfa-Centauri y los sistemas próximos.” Mi madre miraba con ternura a mi hermana, intentando comprender. “No sé, hija, es que es un poco, no sé…,¿dónde queda el alma”? “Oh vamos mamá, tú también te tragas toda esa propaganda barata del alma? Eso es lo que quiere la Iglesia Humanista que pensemos, que el alma reside en un trozo de cerebro que sustituimos para implantar un nanochip de control celular, de estimulación auditiva o de memoria acumulativa. Si los dispositivos son externos, nadie dice nada, pero si van incrustados en el tejido cerebral todo el mundo pone el grito en el cielo, es una hipocresía barata, no lo ves? Mira papá, utilizando el sintonizador de empatía y el sillón de relajación neuronal, al fin y al cabo es lo mismo que si tuvieras la aplicación implantada en el córtex, con la ventaja de que forma parte de ti y lo usas en cualquier sitio”.
Al final mi madre terminaba como siempre acababan estas batallas entre padre e hija, sollozando y diciendo que ella lo único que quería es que fuese feliz, pero que comprendiera a mi padre. Mi madre era pura bondad, la pobre, y quizás yo heredase ese carácter suyo que rehúye de toda polémica para no desagradar a nadie. Ángela por el contrario era igual que papá, terca como un rinofante, y seguramente por eso chocaban tanto. Cuando sonó el timbre de la casa aquella noche todo el mundo se puso tenso. Ángela aparentando tranquilidad cuando en realidad se estaba mordiendo el labio inferior constantemente. Mi padre tieso como una estaca y aparentando indiferencia. Mi madre no aparentaba nada, ella estaba nerviosa a la vista de todos e iba de un lado para otro frotándose las manos y mirando de reojo a mi padre y a mi hermana. Yo por mi parte estaba ansioso por conocer a Salvador. Gracias a dios, nadie me había preguntando mi opinión porque mentir se me daba igual de mal que llevarle la contraria a mi padre, y en este caso yo sentía verdadera curiosidad por conocer a un Híbrido. Salvador tenía la cabeza rapada, como todos los híbridos, una apariencia que no les ayudaba en nada a ganarse el favor de la sociedad, ya que su rostro recordaba a los cyborgs. Pero la eliminación del vello capilar era necesaria para evitar complicaciones en los implantes y actualizaciones de las aplicaciones del software neuroartificial. Salvador sin embargo lucía una barba bien recortada que humanizaba su aspecto y tuvo la decencia de traer puesta una boina para ocultar su calvicie. Obviamente trataba de resultar lo menos desagradable posible a los ojos de mi padre, que en un ejercicio de autocontrol propio de su carrera militar, estrechó la mano de Salvador y le dio la bienvenida a su casa.
La cena transcurrió bastante tensa. Mi padre intentó sacar conversación al principio preguntándole a Salvador a qué se dedicaba, pero cuando éste le respondió que era Técnico de Software Neuronal, el semblante de mi padre se contrajo y no volvió a abrir la boca durante la cena. El peso de la conversación lo llevó mi madre, que intentaba hablar de cosas sin importancia, y yo me gané la mirada furibunda de mi padre cuando no pude evitar mi curiosidad y le pregunté a Salvador que qué tipo de implantes se había insertado. Mi madre me dijo que eso era de muy mala educación. Y yo que iba a saber, si nunca había visto a un Híbrido y nunca se podía hablar del terma en casa. A Salvador no pareció importarle sin embargo, y rió de buena gana al tiempo que mi hermana se puso colorada y abría los ojos mirándome como si quisiera abrirme la cabeza de un mazazo. Me sentí un poco ridículo y odiaba que mi familia me tratara como un crío cuando ya estaba cerca de cumplir los diecisiete. Salvador sin embargo me hablaba como a un mayor y me dijo que no me preocupara, que era normal mi curiosidad, pero que no era buena idea hablar del tema porque podía herir la sensibilidad de mis padres. La verdad es que el chico era muy educado, yo no sé si tendría alma o no, como decía mamá, o si sería un traidor a la raza humana como decía papá, pero la verdad es que a mí el novio de mi hermana me caía genial. Cuando Salvador se marchó mi padre se sirvió un whisky de los caros, de la botella que abrió cuando mi hermano fue destinado a Titán, sólo que aquella vez tardó media hora en beberse el vaso, recreándose y parloteando con sus amigos, y ahora lo bebió de un trago y sin decir palabra. Mi hermana se acercó a él por detrás, lo abrazó fuerte y le dio un beso en la mejilla. “Gracias papá, sé que no es fácil para ti”. Mi padre le apretó la mano contra su hombro y le prometió que intentaría respetar su decisión, pero que no pidiera que la comprendiera. A mí me dio pena mi padre, parecía un gigante hundido. Me entraron ganas de abrazarle y de explicarle que a mi Salvador me había parecido tan humano como nosotros, pero preferí cerrar la boca no fuera que estropeara aquel momento de calma. Antes de ir a dormir me asomé al cuarto de mi hermana. “Pasa Alfredo”, me dijo. “¿Qué te ha parecido Salvador?”. Yo quería decirle todo lo que pensaba, ahora que alguien me preguntaba, pero miré de reojo fuera del cuarto, no quería arriesgarme a que mi padre me escuchara. “No te preocupes”, me dijo Ángela, “he activado el escudo sónico, estamos a salvo de reprimendas”. Entonces le dije que a mi Salvador me gustaba mucho, que me hablaba como a un mayor y no como a un crío, y que por mucho que papá hablara de traidores, a mí su novio me había parecido un tío normal, como otros novios que había tenido, pero más simpático. Mi hermana sonrió y se sentó a mi lado. “Alfredo, ¿quieres saber el último implante que se ha insertado Salvador?” Yo asentí ansioso, y entonces me contó que se había implantado una aplicación que se llamaba Multiplicador de Sinapsis, y que mejoraba y aumentaba la velocidad de transmisión de información entre las neuronas. En definitiva te hacía más inteligente. Mucho más inteligente. Tan inteligente como un cyborg, pero con el instinto de supervivencia de un ser humano. Y que Salvador le había dicho que podía contármelo, que yo no diría nada a nadie. Y estaba seguro de ello porque ahora era capaz de leer las pautas cerebrales de los demás, y la mía le había gustado. Podía confiar en mí, eso le había dicho a mi hermana. Siempre recordaré aquella noche en la que me sentí partícipe de aquel secreto. Por fin sentí que dejaban de tratarme como a un niño.
La cena transcurrió bastante tensa. Mi padre intentó sacar conversación al principio preguntándole a Salvador a qué se dedicaba, pero cuando éste le respondió que era Técnico de Software Neuronal, el semblante de mi padre se contrajo y no volvió a abrir la boca durante la cena. El peso de la conversación lo llevó mi madre, que intentaba hablar de cosas sin importancia, y yo me gané la mirada furibunda de mi padre cuando no pude evitar mi curiosidad y le pregunté a Salvador que qué tipo de implantes se había insertado. Mi madre me dijo que eso era de muy mala educación. Y yo que iba a saber, si nunca había visto a un Híbrido y nunca se podía hablar del terma en casa. A Salvador no pareció importarle sin embargo, y rió de buena gana al tiempo que mi hermana se puso colorada y abría los ojos mirándome como si quisiera abrirme la cabeza de un mazazo. Me sentí un poco ridículo y odiaba que mi familia me tratara como un crío cuando ya estaba cerca de cumplir los diecisiete. Salvador sin embargo me hablaba como a un mayor y me dijo que no me preocupara, que era normal mi curiosidad, pero que no era buena idea hablar del tema porque podía herir la sensibilidad de mis padres. La verdad es que el chico era muy educado, yo no sé si tendría alma o no, como decía mamá, o si sería un traidor a la raza humana como decía papá, pero la verdad es que a mí el novio de mi hermana me caía genial. Cuando Salvador se marchó mi padre se sirvió un whisky de los caros, de la botella que abrió cuando mi hermano fue destinado a Titán, sólo que aquella vez tardó media hora en beberse el vaso, recreándose y parloteando con sus amigos, y ahora lo bebió de un trago y sin decir palabra. Mi hermana se acercó a él por detrás, lo abrazó fuerte y le dio un beso en la mejilla. “Gracias papá, sé que no es fácil para ti”. Mi padre le apretó la mano contra su hombro y le prometió que intentaría respetar su decisión, pero que no pidiera que la comprendiera. A mí me dio pena mi padre, parecía un gigante hundido. Me entraron ganas de abrazarle y de explicarle que a mi Salvador me había parecido tan humano como nosotros, pero preferí cerrar la boca no fuera que estropeara aquel momento de calma. Antes de ir a dormir me asomé al cuarto de mi hermana. “Pasa Alfredo”, me dijo. “¿Qué te ha parecido Salvador?”. Yo quería decirle todo lo que pensaba, ahora que alguien me preguntaba, pero miré de reojo fuera del cuarto, no quería arriesgarme a que mi padre me escuchara. “No te preocupes”, me dijo Ángela, “he activado el escudo sónico, estamos a salvo de reprimendas”. Entonces le dije que a mi Salvador me gustaba mucho, que me hablaba como a un mayor y no como a un crío, y que por mucho que papá hablara de traidores, a mí su novio me había parecido un tío normal, como otros novios que había tenido, pero más simpático. Mi hermana sonrió y se sentó a mi lado. “Alfredo, ¿quieres saber el último implante que se ha insertado Salvador?” Yo asentí ansioso, y entonces me contó que se había implantado una aplicación que se llamaba Multiplicador de Sinapsis, y que mejoraba y aumentaba la velocidad de transmisión de información entre las neuronas. En definitiva te hacía más inteligente. Mucho más inteligente. Tan inteligente como un cyborg, pero con el instinto de supervivencia de un ser humano. Y que Salvador le había dicho que podía contármelo, que yo no diría nada a nadie. Y estaba seguro de ello porque ahora era capaz de leer las pautas cerebrales de los demás, y la mía le había gustado. Podía confiar en mí, eso le había dicho a mi hermana. Siempre recordaré aquella noche en la que me sentí partícipe de aquel secreto. Por fin sentí que dejaban de tratarme como a un niño.
Años más tarde comencé a atar cabos, y comprendí cuan realmente inteligente había sido Salvador aquella noche y las siguientes, ganándose la confianza de mi padre y de sus amigos de la Armada, soportando las miradas de desprecio y cambiándolas con paciencia y dedicación en afecto y respeto. Veinte años después de aquella noche, cuando estalló la Tercera Guerra, los puestos fronterizos fueron arrasados por los cyborg y las fuerzas humanas se replegaron tras el cinturón de asteroides, reforzando las bases de Marte, la Tierra y Venus. Mi hermano Adrián, para entonces ya Comandante de la Séptima Flota, alunizó con la mitad de su escuadra. Pero cuando todo parecía perdido y los Cyborg hacían retroceder las defensas, miles de naves surgieron de entre los asteroides del cinturón para atrapar a las naves enemigas en un callejón sin salida. Y mi padre, con noventa y tres años de edad, tuvo el orgullo de condecorar con la Estrella Dorada del Sistema Solar a los primeros generales híbridos de la Historia, los que habían liderado la Resistencia durante la última década…
A Salvador Andrades, General y Jefe de la Resistencia
Y a Ángela Campos, General de la División de Ingeniería.
viernes, 6 de julio de 2012
REBELIÓN
-¿Y éste?
- Mutación tipo electromagnética.
En situaciones de estrés, genera un campo magnético a su alrededor.
-¿Lo hace conscientemente?
-No. Vive solo, sin televisión ni
radio, ni nevera, ni ningún tipo de aparato eléctrico, por lo que deducimos que
conoce perfectamente su poder, pero no sabe controlarlo. El pobre tiene la
despensa llena de tilas, pastillas para dormir y relajantes musculares.
Le observaron a través de la pared
de vidrio tintado. Era un individuo menudo, de aspecto ratonil, con la espalda
ligeramente encorvada a pesar de no aparentar más allá de cuarenta años. Sus
ojos se movían nerviosamente de un lado a otro mientras intentaba responder a
las preguntas del interrogador.
-Imagino que activaremos el
protocolo habitual de aislamiento con respecto al resto de los individuos.
-Sí señor, aislamiento tipo A.
- Vamos, ¿de verdad le parece tan
peligroso? Si está más asustado que cualquiera de los últimos que hemos visto.
Quizás el tipo B sea más indicado.
- Es un peligro potencial, aunque
no sea intencionado. Por sí mismo no
parece querer hacer ningún daño pero si se siente amenazado es capaz de
cualquier cosa. La semana pasada un policía le paró para multarle y los
semáforos de cuatro manzanas se volvieron locos. Hubo varios accidentes.
Imagine si en vez de una multa se siente en peligro de muerte.
-Entiendo. ¿Cuándo empiezan a
administrarle la dosis?
- Esta misma noche. Encontrar el
antídoto al gen mutante ha sido especialmente difícil en este caso; la
sustancia se volvía inestable al contacto con cualquier campo electromagnético,
así que hemos de administrársela en una habitación totalmente aislada. Le
daremos de comer en una habitación aparte.
- Eso podría hacerle sospechar, ¿no?
- Es una persona bastante tímida,
le hemos dado a elegir entre comida comunitaria o aislada, previo
condicionamiento mediante hipnosis. De esta forma cree que la decisión es suya.
-Vaya, veo que está en todo,
doctor.
-Es mi deber.
Se quedaron contemplando al
individuo un par de minutos más. Patersson respiró hondo.
-Se ha confirmado la edad,
¿verdad?
- Por supuesto. Treinta y siete
años, según el escáner óseo. Entra dentro del rango probable de los individuos
nacidos durante el periodo de radiación de neutrinos del 2012.
-Bien, es suficiente por hoy. Manténgame
informado de la evolución en el tratamiento, especialmente de éste, de la chica
con la vista infrarroja y de aquel de la piel dura como una roca
- Entendido señor.
Patterson salió apresuradamente
del Centro de Internamiento Especial. Odiaba este puto trabajo de Supervisor de
Internos. La mayoría, individuos atemorizados de sí mismos, incomprendidos de
una sociedad que los rechaza. Etiquetados y enjaulados como muestras de
laboratorio. Eran puntos aislados desorientados sin nadie que los guíe, que les
ayude a entender su poder.
Cada noche Patterson tenía
pesadillas con cada uno de esos rostros. Hasta ahora había pasado desapercibido
gracias al control que ejercía sobre su poder y a la posición que había logrado
alcanzar, pero quizás estaba intentando alargar lo inevitable. Cobarde. No, él no era un cobarde. Era cauto, nada más, desconfiado, paciente.
Los individuos con los que se había encontrado eran demasiado inestables
emocionalmente para comenzar un núcleo de resistencia. Cobarde. No, tenía que
esperar. Cobarde, cobarde, decían esos rostros. Cerraba los ojos y los
rostros se hacían más y más grandes, lo rodeaban. Cobarde…
Pattersón se hundió en su sillón
y cerró los ojos con fuerza. Sondeó en la periferia. Nada. A los diez minutos
un débil pulso brilló en su mente. Se acercaba uno de ellos, tres calles más
abajo. Detectó ansiedad, huía de algo. Tenía una pauta cerebral bella. Sus
conexiones neuronales le resultaban armónicas, una sinfonía que se aceleraba
sin perder el orden. Huía, pero pensaba rápidamente…
Se puso la gabardina y bajó las
escaleras de su apartamento. El pulso se hacía más y más intenso. Su poder…¿Invisibilidad?
¿Qué demonios hacía huyendo entonces? Un ladrido le sacó de dudas. Mierda, lo
iban a pillar. Echó a andar al tiempo que vio como una figura oscura doblaba la
esquina y se dirigía corriendo hacia él. A los diez segundos dos enormes perros
seguidos de cuatro individuos seguían la misma trayectoria. La figura oscura
pasó junto a él y sus miradas se cruzaron una milésima de segundo. Era una
chica. Asustada. Controlaba su poder, pero estaba muy asustada.
-¡Apártese!
Patterson se echó a un lado
mientras vió cómo uno de los perros alcanzaba la pantorilla de la chica que
frenaba su carrera con un grito agónico. Llegaron los cuatro individuos
uniformados para apresarla. La golpearon en la cabeza, en el rostro, le
empezaron a dar patadas mientras ella vociferaba y sangraba por la boca.
Patterson cerró los ojos. No había rostros, sólo esos ojos negros suplicando
ayuda, esa pauta cerebral…tan bella. Gritaba. Gritaba ella, gritaba su pauta.
Auxilio, auxilio…Cobarde. Esos rostros…
-¡Basta!
Los policías miraron extrañados
hacia aquel individuo que se acercaba hacia ellos.
-Basta, por favor, no es
necesario…
- ¿Quién coño se cree que es
usted? Es una zorra mutante, joder. Quítese de en medio si no quiere problemas
-
No creo que este sea el protocolo a seguir. Deben ser conducidos a las
dependencias del CEI sin sospecha alguna, no deben ser tratados de esa forma…
- ¿El CEI? Otro gilipollas que se
cree la propaganda gubernamental. Mira lo que le hago a tu amiga mutante-dijo
uno de ellos mientras le sacudía una patada en el abdomen.
Patterson sintió nauseas. La
pauta cerebral se apagaba…tan bella. Cobarde.
Calor, mucho calor, su cerebro hervía. Rebelión.
No, no era el momento, había que esperar. Otra patada, otro grito. Sangre.
Ladridos. Cobarde. Esos ojos… Cierra
los ojos. Concéntrate. Dos perros. Fácil.
Uno, dos, tres…Abre los ojos, queda uno, está aterrorizado.
Patterson abrió los ojos. Tres cuerpos yacían a sus pies, convulsionando. El cuarto
retrocedía asustado mientras se escuchaba a lo lejos el ladrido lastimero de
los perros alejándose de allí…
-¿Qué demonios?
No le hables. Entra en su mente. Rompe esta conexión, toca esta
fibra…Huye.
Abrió los ojos de nuevo. EL
policía se alejaba tambaleándose. Patersson se agachó para recoger a la chica.
Su pauta era débil pero seguía siendo bella. Abrió sus ojos, aturdida.
-¿Quién…quién eres? Balbuceó
- No te preocupes por eso. Nadie
va a hacerte daño.
-Gr..gracias
Se durmió en sus brazos. Entró en
el portal de su piso con la chica en brazos. No, no estaba muerta. Allí seguía
ella. Su pauta, sus conexiones. La tumbó sobre su cama y observó su rostro
desfigurado y amoratado por los golpes. Cerró los ojos para evitar las
lágrimas. Otro pulso lejano. Cinco calles a lo sumo. Intenso. Furia. Dolor.
Llamas.
Ven, ven hacia aquí. No estás
solo
sábado, 16 de junio de 2012
Oferta Laboral
Estaba solo en el bar cuando leí aquel anuncio en el periódico. No era de extrañar que estuviera solo; un bar situado en un bajo donde la luz no entra ni de rebote, las paredes rezuman grasa y un olor nauseabundo se filtra a través de las rejillas de desagüe de la entrada, quizás no sea el mejor escenario para pasar un rato de charla con los amigos. A mí, sin embargo, me servía de refugio diario para evitar el frío de la calle y la tristeza de mi piso de alquiler. Mariano, el dueño, se echaba la siesta en el catre que tenía metido a presión en el cuartucho que hacía de almacén y que sólo servía para ver cómo se caducaban hasta los botellines de fanta. Mira que yo se lo decía una y otra vez, que la fanta sólo la beben los niños y allí no entraba ningún niño, sólo ancianos decrépitos que tomaban coñac y carajillos, y de vez en cuando alguna persona ocasional, bien por despiste o bien porque no encontraba nada más apropiado para ir al servicio. Claro que eso pensaba antes de entrar al habitáculo al que Mariano había escrito con tiza sobre la puerta “toilete”: un agujero hecho en el suelo, de fondo inescrutable, una cisterna estropeada y un rollo de papel higiénico colgando de un clavo en la pared, era el “toilete” de Mariano. A más de uno he visto yo que salía del baño con peor cara que cuando entró, para luego terminar de rematarlo el olor a fritanga que flotaba en el ambiente como una hongo tóxico imposible de disipar. Por no hablar de cuando entraba alguna chica. La mayoría asomaban la nariz por el garito y huían despavoridas como si hubieran visto un gato de tres cabezas. Algunas, las menos, hacían el amago de irse, titubeaban, finalmente entraban, saludaban, pedían un caféconlechedescafeinadocortodecafé-conlalechetempladaydosdesacarina y miraban la puerta del “toilete” de reojo. Mientras removían aquel potingue negruzco con una de las cinco cucharillas que tenía Mariano, se leía claramente en su rostro que se debatían entre la urgencia propia del cuerpo humano y las llamadas de alertas racionales que envía el cerebro para advertir de un peligro inminente. Unas cuantas osadas (o desesperadas) llegaban a dar dos pasos hacia la puerta. Al menos tres que yo recuerde la abrieron. Ninguna la cruzó.
En realidad ví el anuncio por casualidad. Buscar en las páginas de ofertas de trabajo de los periódicos se había convertido en un mecanismo tan rutinario que mis ojos seleccionaban los anuncios de forma automática. Al principio apuntaba casi todas con un rotulador rojo, mientras tomaba sorbos de café. La mayoría buscaban gente joven y rondar los cuarenta prácticamente debe ser una especie de estigma social hoy día, aunque tuvieras estudios universitarios y másteres para empapelar el “toilete” de Mariano si hiciera falta; las pocas entrevistas que hacía solían acabar en un “ya te llamaremos” tan usado que ya sonaba como
aquellas frases que decían las chicas en la adolescencia de “te quiero como un amigo”, lo cual venía a significar que no sólo te daban calabazas sino que además tenían todo el derecho del mundo a contarte sus aventuras y desventuras con los novietes de turno.
Así que cuando derramé el café sobre el periódico en la última página de anuncios sólo me quedaron tres legibles. Las dos primeras eran ofertas para telefonistas de una empresa de servicios, lo que venía a ser chicas para el teléfono erótico. Así que me fui a la tercera por eliminación, que rezaba así:
Se ofrece trabajo para empresa del sector farmacéutico. Preferiblemente varón, de entre 35-45 años, no se precisa experiencia en el sector. Disponibilidad total de horarios. Interesados enviar CV a C/ Hermenegildo 7. Madrid.
Me extrañó que no hubiera un teléfono ni una dirección de correo electrónica. Para ser una empresa farmacéutica estaba algo desfasada tecnológicamente.
Decidí ir en persona a llevar mis datos. Me sorprendió encontrarme en una urbanización a medio construir con la mayoría de las calles sin asfaltar, las zanjas de los cables abiertas y alguna que otra excavadora a la vista. No había ni un alma. Una de las pocas calles acabadas era la del anuncio, pero la mitad de las casas parecían cerradas, con los patios en barbecho y los carteles de “Se vende” colgando de los balcones. Eso es lo que ha hecho esta crisis con las nuevas urbanizaciones; cambiar las macetas por carteles, los perros falderos por los gatos callejeros y los coches en las puertas de las casas por excavadoras sin conductor. La número 7 al menos tenía buzón. Llamé al timbre pero no parecía funcionar. Golpeé la puerta con los nudillos pero no contestó nadie. Metí el curriculum en el buzón con una mezcla de frustración y rabia. Al menos pude introducir los dedos de la mano y sacar otros dos papeles que había dentro. La necesidad nos hace mezquinos y egoístas, pero a estas profundidades, el instinto de supervivencia se impone a la ética. Raúl Portero y Ernesto Valbuena habían llegado demasiado pronto.
No tenía muchas esperanzas de conseguir algo de todo aquello, pero aún así decidí ir al día siguiente para ver si alguien había tenido la misma idea que yo y había retirado mi curriculum. Al salir del portal me topé de bruces con un tipo alto enfundado en un impecable traje gris. Su aspecto pulcro y cuidado contrastaba con los grafittis de la fachada del edificio.
- Perdón, ¿es usted Iñaki Valdivieso?- me preguntó
- Si, perdone, pero no le conozco…-acerté a decir, arrepintiéndome al segundo de darle aquella información a un tío que parecía sacado de la serie Starsky y Hutch, aunque por otro lado yo no recordaba deberle dinero a nadie menos al banco…
- Si, me ha parecido reconocerle por la foto del curriculum que dejó usted ayer…
Debí quedarme con cara de haber visto entrar por primera vez a una chica en el “toilete” de Mariano. ¿Qué clase de trabajo era uno que dejabas un papel en un buzón de una casa que parecía abandonada y al día siguiente venía buscarme un yuppie con un traje recién sacado de la fábrica de Emilio Tucci?
- Si le parece podemos ir a tomar un café a algún sitio y charlamos…
- Si claro- balbuceé mientras descartaba rápidamente la idea de llevarlo al bar de Mariano.
Además de las cualidades ya relatadas del bar, a esa hora debían de estar Juan “el pelao” y sus amigos octogenarios aporreando la única mesa disponible con las fichas de dominó a la voz de “¡me doblo!, ¡ paso a pitos!,” en una jerga tan sólo descifrable por los apasionados del juego y que parece imprescindible ser utilizada a voces. Decidí ir a la pastelería que estaba al otro lado de la avenida, donde ya empezaban los chalets y las casas de los que podían permitirse comprarse un pastelito de 3 euros de vez en cuando, con la esperanza puesta en que el tipo de la chaqueta invitase y no me viese condenado a pasar los últimos días del mes recurriendo de nuevo a mis padres.
Durante los quince minutos que duró el trayecto, aquel tipo dijo llamarse Ramón Santaella y representar a una empresa líder en productos farmaceúticos en lo que al Departamento de Innovación y Desarrollo se refería. A mí cada vez me sonaba todo aquello más a chino, por no decir a chamusquina. Pero cuando la necesidad encuentra como aliada a la curiosidad, toda llamada a la prudencia es inútil. Nos sentamos en un rincón de la pastelería, y me contó que el trabajo para el que buscaban personal era algo “especial” y que requería la máxima confidencialidad. Nunca me he caracterizado por mi paciencia, y, fiel a mi filosofía de ser lo más claro y directo posible (lo que en realidad me había traído pocos beneficios en la vida), le dije la verdad a las claras: que llevaba más de cinco años sin trabajo, mal viviendo con ayudas de mis padres, subvenciones gubernamentales y de los pocos ahorros que me quedaron al vender el coche, los muebles y poder deshacerme de la hipoteca que tenía. Que yo lo que quería era trabajar, no me importaba trabajar de noche, de día, lloviendo o granizando, en fin de semana o el día de Navidad. Que me daba igual lo que fuera el trabajo, como si tenía que pasear a los perros de los directivos y enseñarles a traerles las zapatillas…
-Bueno, y ¿está dispuesto usted a correr ciertos…riesgos?
-Sí.
Lo dije así, sin pestañear, y deseando que fuera verdad, que tuviera que ir a repartir fármacos al cuerno de África o donde fuera a ver si me pillaban los piratas de los cojones y al menos salía en la tele. El tipo debió quedarse impresionado por mi rotundidad, porque unas cuantas charlas después, miles de papeles firmados jurando y perjurando que toda la culpa de mi muerte sería mía y prácticamente apostillando en sangre que la empresa no tenía ninguna responsabilidad sobre aquello que me ocurriese, por fin pude acudir a mi nuevo y flamante puesto de trabajo.
Lo malo es que sólo cobraba por cada experimento que iban a hacer sobre mí, no era un sueldo fijo. Pero bueno. Cincuenta mil euros al contado y sin declarar, bien valía que te inyectaran aquel fluido viscoso.
Fue más tarde cuando empecé a notar los primeros síntomas. Pero ésa ya es otra historia…
martes, 22 de mayo de 2012
Martín
Al llegar al tanatorio y doblar
la primera esquina del pasillo central, tal y como me habían indicado en
recepción, me encontré de bruces con
Martín. No pude ocultar mi cara de sorpresa.
Hacía varios años que no veía a Martín a pesar de que nuestras vidas se
habían ido entrecruzando una y otra vez desde que éramos unos críos. Después de
seis horas conduciendo de madrugada, con los recuerdos de mi madre agolpándose
en mi cabeza y la tristeza como único ocupante del asiento del copiloto de mi
coche de segunda mano, ver una cara conocida en la que refugiarme hizo que me
fallaran las piernas.
-Martín…qué sorpresa…-acerté a decir antes de sentir un ligero
mareo…
- Alfredo, cuidado- advirtió Martín mientras me sujetaba con una
sonrisa y me llevaba amablemente hasta un asiento cercano.
Conocí a Martín un 20 de
Septiembre. Lo recuerdo porque ese día era mi cumpleaños y me fastidió
enormemente que la profesora entrara en clase anunciando que había un chico
nuevo con nosotros. Era mi momento, me disponía a repartir caramelos y sugus a toda la clase, cuando aquel niño
pálido y pecoso de aspecto asustado y mirada huidiza centró la atención de
todos y mi cumpleaños dejó de ser el tema central del día. Estos sucesos
puntuales se graban a fuego en la mente de un niño, y más cuando vi como Susana
miraba con curiosidad al pecoso sin prestar un solo segundo de su tiempo a
mirar el puñado de sugus que le había
dejado encima de su mesa. La profesora explicó que Martín venía de otra
provincia y que sus padres se habían mudado a nuestro pueblo por trabajo, que
debíamos ayudarle y ser amables con él porque había dejado a sus amigos muy
lejos. Para colmo, la profesora quitó a mi amigo Juan de mi lado “porque nos pasábamos
el día hablando”, y sentó a Martín junto a mí. Debió de notar mi rabia porque
me miró una sólo vez y ya no volvió a hacerlo durante esa semana.
Pronto dejé de ver a Martín como
un problema. Su actitud callada y retraída hizo que los demás niños dejaran de
interesarse por el “chico nuevo” a las pocas semanas. Martín nunca hablaba en
clase sino le preguntaban, y respondía siempre con monosílabos o frases cortas.
En los recreos se sentaba apartado mientras los demás nos dedicábamos a correr,
saltar, molestar a las niñas, competir por ver quién era el más burro. Todos
volvíamos enrojecidos y sudorosos a clase mientras el siempre tenía el mismo
semblante pálido y taciturno.
En el instituto la cosa empeoró
para él. Las chicas simplemente ignoraban su existencia, pero los grupitos de
chicos adolescentes siempre buscan víctimas fáciles sobre las que volcar sus
energías y Martín tenía todas las características del bicho raro con el que
despacharse a gusto. Lejos de mostrarse irritado, Martín siempre mantenía la
misma actitud resignada e indiferente. Como si con él no fuera la cosa. Me
avergüenza reconocer que yo mismo participaba en esas burlas de forma gratuita,
arrastrado por la necesidad de pertenecer al grupo de los fuertes. La adolescencia no había hecho sino acentuar
su delgadez, que unido a su blancura natural y a su forma de vestir, siempre
con ropas oscuras, le conferían un aspecto enfermizo y desubicado. En
primavera, con todas las niñas luciendo sus vestidos de colores, Martín parecía
un grajo en medio de un cuadro de Van Gogh.
Cuando quedaban escasos dos meses
para terminar el curso antes de ir a la Universidad, los padres de Nerea
murieron en un accidente de tráfico. Nerea era la chica más guapa del instituto
y la que tenía el grupo más nutrido de “seguidoras”. Estas “seguidoras” no era
más que el coro de animación y aprobación que toda chica popular tenía a su
alrededor, deseosas de agradarla en todo momento y convertirse en su mejor
amiga y confidente para optar a subir en el escalafón social del instituto.
Todas aquellas series y películas americanas de los años ochenta fueron un
cimiento sólido en el que se apoyaron este tipo de estructuras sociales de
pequeña escala.
Como no podía ser de otra manera,
Nerea y sus semejantes sociales solían acumular un compendio de atributos
psicológicos dignos de estudio; solían ser, salvo contadas excepciones, chicas
engreídas, inmaduras e insensibles. Claro que a nuestros ojos de adolescentes
todo eso era algo secundario si te movías en su misma órbita. Todos los
satélites y planetoides que girábamos en torno a un astro de este tipo,
quedábamos atrapados por su acción gravitatoria sin poder distinguir entre un
sol verdadero y un agujero negro. Por ello, cuando después de una semana
ausente, Nerea volvió al instituto tras la muerte de sus padres, nadie sabía
muy bien como acercarse a ella. Sus “seguidoras” trataban de consolarla con
frases hechas que parecían sacadas de una columna de horóscopos semanales. Los
chicos, menos dados aún a situaciones melodramáticas, nos quedábamos mirando de
lejos con cara de bobalicones. Por eso, todo el mundo se quedó sorprendido
cuando Martín se acercó a Nerea y se sentó junto a ella. Esperábamos
expectantes que ella descargara su ira sobre él pero sonó la sirena del recreo
y todos volvimos a clase con mala gana, dejando a tan inusual pareja sentados
en los bancos de cemento al amparo de un sol de justicia. Al salir de clase
comprobamos con asombro que seguían allí sentados y que Nerea sonreía. Se
levantaron y Nerea le dio un fuerte abrazo para después salir corriendo hacia
sus amigas al tiempo que saludaba con la mano a Martín mientras se alejaba.
Nadie se atrevía a preguntar a Nerea sobre el motivo del cambio en su estado de
ánimo, temerosos de hacerla volver a su estado anterior, y por otro lado nadie
tenía la suficiente confianza con Martín como para preguntarle directamente.
Así que ese pequeño misterio dotó de cierta aureola de respeto a Martín, al que
desde ese día Nerea siempre sonreía y, por ende, todas sus grupies y satélites aledaños.
Sin embargo fue lo que ocurrió en
la fiesta fin de curso lo que hizo que Martín dejara de ser visto por todos
como aquel niño famélico y callado para convertirse en el chaval que salvó a un
adolescente de morir ahogado. La fiesta que acababa con nuestros años de
instituto y que dejaba a paso a los años de Universidad para unos y trabajo
para otros, se convirtió pronto en un cóctel peligroso de alcohol,
bravuconerías y olas enormes levantadas por el viento de levante. Los machitos queríamos competir para ver
quien llegaba nadando más lejos en medio de la oscuridad de la noche. Tras
lograr la hazaña y ver como todos mis competidores se retiraban, nadé
vigorosamente de nuevo hacia la orilla, envalentonado por mi triunfo. Pero la
resaca del mar me arrastraba de nuevo hacia adentro y mis fuerzas se veían
mermadas por lA media botella de ron del malo que llevaba en el cuerpo. Comencé
a tragar agua, a sentir el agua salada penetrar por mis fosas nasales, a agitar
los brazos buscando la superficie, y lo siguiente que recuerdo es el rostro de
Martín con su pelo negro rizado goteando sobre mi cara. Tosí y expulsé el agua
que se me había quedado dentro, mientras a lo lejos escuchaba sonido de sirenas
acercarse. Sirenas que hubieran llegado demasiado tarde si Martín no se hubiese
lanzado a por mí. Era irónico que el único chaval que no había querido
competir, salvase al ganador de ahogarse, y con ese alarde de madurez que nos
otorga la cercanía de la muerte, llamé a la semana siguiente a Martín a casa de
sus padres para darle las gracias e invitarle a una cerveza. Ese verano conocí
realmente a Martín. Tras ese primer día, quedé a menudo con él para charlar,
aunque al principio el que hablaba era yo, y él sólo escuchaba hasta que un día
le pregunté:
-¿Qué quieres ser de mayor, Martín ?
-Enterrador.
La cerveza se me quedó a medio
trago en la garganta. Lo miré intentando averiguar si estaba de broma, pero
claro, él no bromeaba nunca. Lejos de cambiar de tema, la respuesta acrecentó
aún más mi curiosidad, pues algo me decía que allí se encontraba el centro de
todos los misterios que rodeaban a Martín. Así me enteré poco a poco y después
de muchas noches de verano que Martín siempre había querido ser enterrador,
desde pequeño, y eso hizo que tuviera fuertes discusiones con sus padres. Lo
que en un principio fueron atribuidas a simples rarezas de niño fue tornándose
más y más preocupante de cara al futuro. El padre de Martín le daba sermones
continuos acerca de labrarse un futuro y no de labrar la tierra para los
muertos de los demás. Continuos sarcasmos y burlas dentro del propio núcleo
familiar contribuyeron a hundir más una personalidad ya de por sí bastante
frágil, o al menos yo lo veía así en aquella época.
-¿ Por qué?, pregunté un día que hablábamos del tema
-¿Por qué, qué?, respondió el.
-¿Por qué quieres ser enterrador¿ Quiero decir, por qué no abogado,
ingeniero, electricista, carpintero…o yo que sé, vigilante de seguridad de unos
grandes almacenes?
Martín se quedó dudando unos
momentos, mirando a la farola de luz titubeante que se encontraba frente a
nosotros, y respondió:
-Es complicado de explicar…
Y ahí terminó su disertación. Ésa
fue una de nuestras últimas conversaciones de aquel verano. Luego la
universidad nos llevó a cada uno por nuestro lado, en provincias distintas y
sólo algún día de las vacaciones de veranos nos vimos en el pueblo. Al
principio intentamos mantener el contacto, pero antes no era como ahora, con
los móviles e internet siempre estás informado al instante de lo que hace cada
uno; antes la distancia hacía que la vida de cada uno tomase rumbos tan
distintos que cuando te volvías a ver era difícil retomar el camino si no había
una base sólida a la que aferrarse. Tras terminar los estudios y mudarme a
Madrid, nunca llegué a coincidir en las cada vez más espaciadas visitas que
hacía a mis padres. Y ahora Martín volvía a mi vida en un momento bastante
complicado, al igual que aquella noche en la playa, cuando vi de cerca la
muerte. ¿O quizás era yo el que me cruzaba en la vida de Martín?
-Siento lo de tu madre.
Aquella frase me sacó del pasado
para estamparme de lleno contra la nueva realidad. Miré a Martín fijamente y
rompí a llorar como un colegial, recordando las mañanas que mi madre me hacía
el desayuno para ir al colegio, me preparaba la mochila, me recordaba tres o
cuatro veces que me comiera el bocadillo en el recreo y me regañaba cuando en
invierno venía sudando en manga corta. “Vas a pillar una pulmonía”, me decía
siempre, y a mí lo de la pulmonía me sonaba a castigo divino que venía con el
invierno en forma de amenaza constante pero que nunca llegaba. Incluso creo
recordar que me regañó una vez por meternos con Martín. Y ahora allí estaba
frente a mí, sin haberme podido despedir de ella, sabiendo que nunca volvería a
verla sonreír y a abrazarme cada vez que venía a verle.
Y de repente Martín comenzó a
hablarme. Era como un pequeño susurro que penetraba en mi cerebro y se
instalaba cómodamente allí. Y me habló de mi infancia, de mis juguetes
preferidos, de mis dibujos animados favoritos, de las comidas que hacía mi
madre, de lo que sentía ella mientras me veía crecer, de lo orgullosa que
estaba de su hijo. Me habló de mi perro Kiko, que murió en brazos de mi madre,
del segundo cajón de la cómoda del cuarto de mi madre, donde ella guardaba
todas mis notas del instituto, de la foto que llevaba en su cartera de cuando
me gradué y de la carta que le escribí la primera vez que me fui al extranjero
a trabajar, llena de emotividad y agradecimiento a mis padres. Asistí
boquiabierto a aquel resumen de mi vida, y sólo pude acertar a balbucear…
-Martín…como sabes…quién te ha contado todo eso?
Martín me sonrío y me dio un
fuerte abrazo mientras me decía al oído.
-Tu madre me dice que no llores. Que has sido lo mejor que le ha pasado
en la vida y que ella está bien. Te manda un abrazo.
Sentí una oleada de calor con ese
abrazo. Me faltaba la respiración y noté un enorme alivio dentro de mí.
Estupefacto, miré a Martín con una mezcla de incredulidad y agradecimiento.
-Martín, ¿recuerdas aquella noche en la playa, cuando me sacaste del
agua?
-Si, claro…
- Siempre me pregunté porque habías ido a esa fiesta si no hablabas con
nadie y no parecías disfrutar en absoluto.
-¿Y?
-No fue una casualidad, ¿verdad?
-¿El qué?
-No te hagas el tonto. No fue casualidad que estuvieras allí ¿verdad? No me digas nada más. Sólo dime si fue o no
casualidad…
Martín me miró fijamente, quizás
parecía decidir si confiaba en mí o no…
-No.
Se levantó y se alejó lentamente
sumido en mis cavilaciones. Al levantarme vi que había dejado una bolsa de
sugus junto a mí.
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