viernes, 17 de agosto de 2012

Llanura de Sal


- Está cambiando a poniente.
Los dos viejos miraron a lo lejos, donde se comenzaba a vislumbrar el contorno del peñón de Gibraltar. Las olas se estrellaban mansamente contra las rocas que conformaban el espigón. En ocasiones, los restos en forma de gotas salpicaban sus piernas.
- Allí vuelve otro.
- Demasiado temprano. Mala señal.
Observaron el pequeño pesquero que se dirigía a la bocana del puerto. Apenas se distinguían las formas humanas sobre él. El sol asomaba por el horizonte, perezoso y las gaviotas perseguían el rastro del pesquero. Se escuchaban los graznidos lejanos, persistentes.
- ¿No lo echas de menos?
- ¿El qué?
- El que va a ser, el mar.
- No.
Lo miró extrañado. Hacía casi un año que ambos se habían jubilado y se acercaban al espigón desde el que se divisaba el puerto, pero hablaban poco. No lo necesitaban. Después de tantos años faenando codo con codo, no parecía que tuvieran muchas cosas que decirse. Pero él si echaba de menos el mar, y creía que a todo marinero le pasaría lo mismo. Por las tardes solía pasear cerca de la lonja, donde tenían los pescadores las casetas de los aperos y se pasaba la tarde hablando con sus antiguos compañeros acerca de la escasez de atunes, del recorte de subvenciones y sobretodo de los tiempos pasados, cuando pescar era un arte y no una carrera contrarreloj. Le gustaba ayudar a Pedro con las redes, siempre había sido muy torpe remendando los agujeros y a él le venía bien para mantenerse ocupado. Tenía la sensación de que si dejaba de ejercitar las manos se le atrofiarían enseguida y se le pudrirían. La falta de actividad le producía un inquietante cosquilleo en brazos y piernas.
- ¿No te apetece de vez en cuando volver a faenar?
- ¿Estás loco? ¿Volver a levantarme de noche para pasar un frío del demonio hasta que te duelen los huesos para traer cuatro duros?
- Pero si te sigues levantando a la misma hora. Como yo. Tenemos la luna metida dentro.
- Si, pero cuando me levanto sé que puedo seguir durmiendo si quiero. No tengo que salir a jugarme la vida ni ir a pelear a la lonja como si nos dieran limosna
- ¿Entonces porque vienes aquí a ver llegar a los barcos?
- Me entretiene. El día es muy largo. Y para que no vengas sólo y todos te tomen por un viejo loco.
Emilio vio como su amigo sonreía. Sabía que lo decía en broma. Quizás eso era lo que le pasaba, que estaba buscando una rutina y simplemente se apegaba a lo que conocía. No era que lo echara de menos, era que no conocía otras cosas. A lo mejor debería ir a pasar unos días con su hijo. Aunque la última vez no fue una buena experiencia. Por primera vez en su vida estuvo a cientos de kilómetros del mar, y el horizonte estaba lleno de edificios. El aire era seco y el frío demasiado cortante. Lo llevaron a comer a un restaurante. Su nuera decía que era de los mejores restaurantes de la ciudad, pero los calamares sabían a plástico reciclado y las almejas no tenían arena. A todo le echaban cantidades ingentes de limón, ahora entendía por qué. Por las noches el ruido del tráfico se le metía en la cabeza y añoraba el romper de las olas. Se despertaba cuando era aún de noche, como siempre, pero en vez del espigón, las rocas y la arena sólo podía encontrar asfalto, camiones de basura y borrachos cantando. No se le quitaba el hormigueo de las manos.
- ¿Qué edad tienen tus nietos?
- El mayor tiene siete años y la pequeña cuatro- contestó Santiago- El mayor quiere ser portero de fútbol, dice. Se pasa el día con los guantes que anuncia en la tele Casillas.
- Nadie quiere ser pescador.
- Ninguno queríamos ser pescadores de niños, Emilio. Era lo que había.
Emilio se quedó pensando mientras veía como llegaban
- No sé. A mí si me gustaba.
- Qué te va a gustar. Era lo único que conocías. Con siete años nuestros padres ya nos enseñaban a coser redes. ¿Te acuerdas de Sebastián?
- ¿El carnicero? Se murió el año pasado
- Si, ya lo sé. Su padre lo puso a cortarle la cabeza a los pollos a los ocho años. ¿Tú crees que le gustaba? No, pero heredó la carnicería y se tiró cuarenta años de carnicero. Era lo que había. Su hijo sin embargo se fue a estudiar a la ciudad. Ahora tiene una empresa, “Embutidos Sebas”. El
trabajo es parecido, porque es lo que ha bebido toda su vida. Pero ha evitado lo de cortar cabezas de pollo. Ahora lo hacen otros. Es el progreso.
- Mi hijo es maestro.
- Tú eres distinto, Emilio. Tú sabes lo duro que es esto y siempre has intentado que tu hijo buscara otra forma de vida. ¿Pero te acuerdas cuando era niño? Le regalaste una pizarra para que dibujaran y la sacaba a la plaza y jugaban todos los niños a que eran vendedores de la lonja. Es lo que veían día a día. Pero tú eres un cabezón y te empeñaste en que buscara otra forma de vida. No te lamentes de que nadie quiera ser pescador, es lógico, tú mismo has guiado a tu hijo hacia otro lado.
- No tenía madera, Santiago. Tenía los dedos finos
- Ésa es la excusa que te buscas para justificarte. El chico era como todos los demás. Pero tú te has pasado la vida en el mar para evitar que él tenga que levantarse a la hora de los búhos. Y a fe que lo has conseguido. Ni siquiera se baña en la playa cuando viene de vacaciones a verte.
Emilio miró a su amigo. Siempre se decían las cosas de aquella forma, sin adornos ni rodeos. Los marineros tenían fama de rudos, aunque él prefería llamarlo sinceridad. En el mar no se tenía demasiado tiempo para remilgos. Podías discutir con algún compañero y al día siguiente te agarraba justo antes de que cayeras por la borda cuando un golpe de mar te pillaba descolocado. Los brazos eran más importantes que las palabras.
- Me ha dicho que me vaya a vivir con ellos.
- ¿Tu hijo? Vete con ellos, Emilio. La soledad es muy mala.
- No estoy solo. Te tengo a ti y todos los días veo a los compañeros.
- Ya sabes a lo que me refiero. La gente tiene su vida. Aparte de su trabajo quiero decir. Tienes que dejar el mar, ya le has dedicado bastante tiempo.
Emilio pensó en los calamares de plástico, en los paseos nocturnos por las calles de la ciudad. Quizás podría acostumbrarse a ello. Si al menos María estuviese a su lado… Se fue demasiado pronto. Siempre imaginó su jubilación paseando cada mañana de la mano con ella, recogiendo conchas de mar y desayunando en el bar del barrio. Nunca desayunaron juntos, excepto aquellos días en que nació su hijo y se quedó una semana junto a ella. Fueron los días más felices de su vida. Y no fue faenando en alta mar, sino allí, en su casa de paredes encaladas, cuidando de ella y no de las cajas de pescado fresco. A lo mejor por eso echaba de menos el mar, porque era menos doloroso que echarle de menos a ella.
Se levantó. El sol ya estaba alto y comenzaba a pegar fuerte
- Vámonos, Santi. Está pegando fuerte. Te invito a un vino
- Antes de irte a vivir fuera me invitarás a comer langosta al menos…
- No me voy a ir a ningún lado.
- Eres tan cabezón como siempre. El mar no te va a limpiar cuando babees como un caracol
- No es sólo el mar Santi…
Santi lo miró. Lo agarró del brazo, como antaño hacían en alta mar para evitar que se cayeran por la borda.
- Vamos Emilio. Te acompaño al cementerio, y luego echamos ese vinito.

5 comentarios:

X dijo...

Espléndido, como -como suelo decir- de costumbre. Me ha encantado la forma de ser de Santiago, quien también esconde sus cosas, por supuesto. Creo que Emilio estará más acompañado aquí que en la ciudad.

Rebeca dijo...

Me encantan los viejos lobos de mar que llevan el agua salada en sus venas, Emilio sin duda moriría de pena marchándose de ese lugar, y una pena que nuestras generaciones ya no quieran ser pescadores, carniceros, carpinteros...profesiones en las que uno tiene que poner de verdad el alma.

fbm dijo...

Se nota que has vivido junto al mar, y que lo echas de menos.

Anónimo dijo...

El pasar unos dias junto al mar te hace añorarlo mucho mas, cuando te marchas. un relato entrañable me ha gustado

algalan dijo...

Es curioso cómo se puede echar de menos el mar. Cuando vuelves después de una temporada, cuando lo ves, te reconforta increíblemente. Supongo que es lo que tiene haberse criado en la costa, el mar forma parte de nosotros, y cuando estamos lejos, nos falta.

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