lunes 13 de febrero de 2012

Ha nacido una Estrella

No es una Estrella cualquiera. Estrella ha nacido para salvar una vida. La de su hermano Antonio, un niño de tres años con una enfermedad denominada aplasia severa y que le condena a peregrinar todas las semanas al hospital para poder generar la sangre que su médula ósea no puede crear. Estrella ha sido seleccionada genéticamente para ser compatible con su hermano y de una tacada, dar sentido a dos vidas.


Hace unos años nació el primer bebé en Andalucía seleccionado genéticamente para poder curar a su hermano. La feliz noticia fue duramente criticada por la Iglesia Católica, que señalaban la destrucción de embriones que se produce durante el tratamiento. Todo el tema de si un embrión es o no una vida en sí misma es discutible, por supuesto. Y ni yo ni la Iglesia creo que esté en disposición de poner una delgada línea que separe lo que es de lo que no es. Y es perfectamente comprensible que se opongan a la selección genética, como se oponen a la mayoría de los avances científicos. Son sus reglas y han de ser coherentes con ellas.


Sin embargo, afirmaciones como "la dignidad del ser humano exige que los niños no sean producidos, sino procreados" empiezan a encender la mecha de mi indignación. ¿Van a darme ustedes lecciones de dignidad humana? Para mí la dignidad humana comienza por hacer lo posible por los hijos. Y si a mí mis padres me dijeran que fui seleccionado genéticamente para poder salvar la vida de alguno de mis hermanos, me sentiría orgulloso de mí y de mis padres. No hay nada más maravilloso que comenzar una vida salvando otra. Durante toda nuestra vida quizás no salvemos ninguna vida, y esta niña ya ha salvado una antes de existir.


Hoy me siento orgulloso de ser andaluz. Porque no todo es el Pert, el cachondeo y la fiesta, el jolgorio y la vagancia, como algunos quieren dar a entender. No, señor Durán y Lleida, también somos pioneros en algo, ¿que sorpresa verdad? Se llama Diagnóstico Genético Preimplantatorio, y hace seis años que Andalucía lo incluyó como derecho dentro de los Servicios sanitarios de la comunidad. Algunos estarán a favor y otros en contra, pero lo cierto es que hoy gracias a eso hay un niño de tres años que va a dejar de ir de paseo al hospital e irá a jugar al parque, como los demás niños. Enhorabuena a los padres, por su valentía y su lucha. Enhorabuena a Estrella, porque ha nacido para regalar una vida, y eso es algo que la mayoría de nosotros jamás podremos hacer.

jueves 19 de enero de 2012

Sin Luz



Al doblar la esquina entramos en una ciudad totalmente distinta. Lejos de la aparente decadencia que transmitían las numerosas casas con ventanales rotos y azulejos caídos, la Rúa de Santa Catarina trazaba una línea recta de edificios nuevos y limpios, y aunque algunas fachadas se resistían a abandonar la costumbre de revestirse de azulejos, tan típicos de Oporto, la mayoría guardaban una estética mucho más discreta. Lejos de las calles tortuosas, empinadas y oscuras de los alrededores de la Catedral, esta parte de la ciudad abría sus espacios a la luz y su vista al horizonte. Parecía que toda la gente de la ciudad hubiese salido a pasear sobre aquellas aceras adoquinadas. El día estaba gris y triste pero el bullicio de la gente, las luces de los escaparates y el colorido de los carteles y banderolas, trataban de espantar el sentimiento de nostalgia y melancolía que daba recorrer ciertas partes de la ciudad. Un payaso regalaba globos con forma de animales a los niños. Yo si hubiese sido niño creo que un tipo de dos metros con una peluca roja enorme, sonrisa pintada permanente y zapatos desproporcionados me hubiera dado más miedo que alegría, pero parece ser que los niños se quedan mirando fijamente los globos e ignoran al payaso. Vamos, que igual podría haber estado regalando globos el hombre del saco o Herodes.
La lluvia no parecía tal. No se sabía si las gotas caían o estaban suspendidas en el aire. No sacabas el paraguas porque no parecía que lloviera y a los cinco minutos estabas calado hasta los huesos. La débil neblina que conformaban las gotas se mezclaba además con el humo que desprendían un par de puestos de castañas asadas que me hizo acordarme de mi abuela Ana. Ella tiene un pequeño cazo agujereado de los que se usaban antes para asar castañas, pero en realidad me acuerdo porque asocio el olor a castañas asadas con el otoño y con el 1 de Noviembre, cuando mi abuela siempre hacía boniatos asados y yo esperaba ansioso a perderme en ese sabor dulzón.
Al avanzar por la calle escuchamos una melodía por encima del bullicio general. Parecía el sonido de una flauta o instrumento similar, que lanzaba notas al aire para mezclarlas con la lluvia disfrazada de neblina y el humo acastañado. Una señora mayor, apostada contra la fachada de uno de los edificios, tocaba su instrumento enfrente del Café Majestic, y al verla se me hizo un nudo en la garganta. Esperaba ver tristeza, dolor o soledad en sus ojos. Pero no esperaba ver la nada. Ni siquiera los ojos perdidos de una persona ciega. Entre las cejas y los pómulos, sólo había piel. Tan sólo un pequeño valle entre ambos y cierto aspecto tenso de la piel en esa zona, mostraba que antaño allí quizás habían existido dos ojos, con la misma vida que los que ahora le miran. Me quedé parado pensando en cómo distinguiría el día de la noche, cómo sabría si las calles eran decadentes como las de la zona de la Catedral o nuevas como ésta de Santa Catarina. Me pregunté cómo sería no poder llorar.
Agaché la cabeza y continuamos andando, para perdernos de nuevo por la ciudad antigua, la de las calles tortuosas, edificios ruinosos y alumbrado deficiente. De repente ya no me parecía todo tan decadente.

lunes 9 de enero de 2012

Amor eterno

Al recordar aquella última conversación, un escalofrío recorrió mi cuerpo…Parecía que habían pasado años cuando sólo hacía una semana que Raúl juraba su amor por mí entre estas mismas cuatro paredes. Qué estúpida y ruín me siento ahora que los acontecimientos han abofeteado mi inmadurez, propia de una niña malcriada y consentida. Aún noto el frío de aquella lluviosa mañana, con medio pueblo reunido junto al puente, haciendo apuestas sobre si Raúl sería capaz o no de cruzar a nado el río. Y yo, pavoneándome en medio de la algarabía, henchido mi orgullo por ser el centro de atención y la causa de tamaña osadía. Recuerdo su mirada, esperanzada y atemorizada a la vez, buscando complicidad, o quizás un gesto que acabara con tanto despropósito. Pero yo estaba ciega. Completamente ciega. Necesitaba muestras imposibles, hazañas heroicas como las de los cuentos de hadas. Yo siempre quise ser la dama por la que luchan los caballeros andantes en sus torneos medievales. Yo quería que se matara un dragón de mil cabezas en mi nombre, que se derrumbaran ejércitos enteros sólo para alimentar más aún mi vanidad.

Raúl no llegó a la otra orilla. Las corrientes dicen unos, el fango del fondo dicen otros…pero yo sé la verdad. Yo sé que es un castigo, que Dios me ha condenado a un dolor en el que se mezclan la soledad y la vergüenza, la culpa y la impotencia. Yo he llevado a Raúl a la muerte. Su juventud y su fuerza se han ahogado en aquellas malditas aguas. Pero no su amor. Su amor sigue vivo. Su amor me persigue constantemente, buscando cumplir su promesa.

Cada noche veo una sombra deslizarse junto a mi cama. Se acomoda en la esquina más oscura de la habitación, allí donde él me juró amor eterno, y me susurra palabras incomprensibles. Cada noche siento que me empujan levemente hacia la esquina, que la sombra busca un abrazo en el que refugiarse. Me resisto, forcejeo, presa del miedo, y la sombra se retira entre lamentos estremecedores. Cada mañana me levanto con la sensación de haber vivido una pesadilla.

Y cada mañana veo el mismo charco de agua. Allí, donde Raúl me juró amor eterno.

miércoles 4 de enero de 2012

Crónicas Suburbanas III

Por las noches la multitud ha abandonado los vagones. Éstos circulan fantasmalmente, casi vacíos de almas, tal vez aligerados de su carga diaria, tal vez melancólicos del gentío de las horas punta.
¿Preferiran el silencio incómodo de la muchedumbre o quizás el silencio obligado de la ausencia de inquilinos temporales? Habría que preguntarle al tren. A las ruedas o a los asientos, a la locomotora o al tren de cola. Igual tienen sentimientos encontrados, lo mismo que a nosotros a veces la razón en ocasiones nos dicta un camino y el corazón nos indica otro.

En el punto medio del recorrido, centro y dueño de nuestros destinos, suben más viajeros, borrando de un plumazo el silencio inspirador; familias que entran charlando, móviles parloteando. Añoro cuando se perdía la cobertura en cualquier túnel. Ahora se cruzan conversaciones, tropiezan diferentes tonos de voz, se entrelazan, desentonan y todos juntos forman un run-run antipático y abrumador. Las ruedas chirrían en señal de protesta, un politono les contesta, y mientras, el gusano metálico continúa fiel a su itinerario premarcado.

Risas nocturnas, idiomas diferentes, voces graves y agudas, cada uno en su burbuja particular ajenos a su alrededor, sin entender que sus voces, sus ruidos, no respetan las fronteras...





Añoro el silencio

domingo 25 de diciembre de 2011

Un día de suerte (Cuento de Navidad)

Aquella mañana me desperté encogido por el frío y aturdido por la luz del sol que se filtraba entre mis cartones. Putos cartones. La gente tiraba los cartones para que no estorben en sus casas y yo sin embargo tenía que cogerlos para hacerme una. Antes eran fáciles de coger, pero ahora, con tanto reciclaje, los cartones están rotos y no es fácil encontrar alguno que pueda cubrirme entero. Menos mal que hay gente demasiado perra para partirlos y prefieren abandonarlos junto al contenedor. Alguna vez hasta se han olvidado piezas dentro. Me los imaginaba poniendo patas arriba sus casas buscándolas o reclamando en la tienda que el cachivache que habían comprado venía incompleto…

No sabía dónde me encontraba. La desorientación es algo habitual entre los que dormíamos una noche en una plaza, otra en un banco, esquina, cajero o callejón. Sin embargo el inconfundible olor a calamares fritos de la Plaza Mayor me hizo recordar que el día anterior había intentado conseguir que el camarero de uno de los bares de los soportales de la plaza me regalara alguno de esos bocadillos rebosantes de calamares. Llevar tres días sin probar bocado y oler esa fritanga es como un puñetazo al estómago para recordarle que está vacío. Me quedé a dormir cerca para intentarlo de nuevo por la mañana; siempre hay algún “guiri” que se apiada de un muerto de hambre …

Al levantar la vista vi dos señoras parloteando frente a mí. Tardé un rato en comprender que hablaban de mí. Seguramente estarían asqueadas de ver un mendigo en su bonita plaza. Me levanté y empecé a recoger mis cosas para intentar conseguir algo de comer antes de que viniera la policía, cuando una de las señoras, se dirigió a mí:

- - Oiga, ¿sabe qué día es hoy?

Se me ocurrieron tantas cosas que decirle que se me amontonaron todas en la boca y me quedé sin decir nada. El día de la paga de fin de mes, el día de los santos inocentes, el día de las rebajas en el corte inglés…¿Qué cojones me importará a mí el día que es? Luego miré la plaza de reojo y recordé los puestos, el tiovivo y el gentío de anoche…

- - ¡Es Nochebuena!- exclamó la cacatúa sin darme tiempo a responder.

- - Qué bien - repliqué yo sin mucho entusiasmo mientras seguía recogiendo mis cosas.

De reojo ví que la más bajita de las dos se daba la vuelta mientras que la que me había hablado daba un paso hacia delante al tiempo que volvía a dirigirse a mí:

- -Verá, mi hermana y yo creemos que en Nochebuena todo el mundo debería estar feliz, y aunque no podemos arreglar el mundo, nos gusta invitar a cenar esta noche a alguna persona que lo necesite. Si todo el mundo invitara a alguien en Nochebuena, nadie estaría solo…

Me debatí entre echarme a sus pies y mandarlas a la mierda. A ver cómo le explicaba que para mí la Nochebuena es una noche de frío de pelotas, donde la gente se refugia en sus casas y brindan con champán, no hay un alma en la calle a quien pedir limosna, y los que hay van tan borrachos que lo más que puedo recibir es una paliza. Lo único bueno que tiene es el puñetero Papá Noel, que deja un montón de cartones en los contenedores. “Esta gente que se dedica a lavar la conciencia una vez al año me da más patadas al estómago que el recuerdo del bocadillo de calamares”, pensé. Pero claro, el recuerdo del olor de ese bocadillo que me espera al otro lado de la plaza me sugería que fuera inteligente y no me dejara llevar por mis más bajos instintos;

- -Yo me contentaría con un bocadillo de calamares…-repuse esperanzado…

- - Huy, un bocadillo de calamares dice, ¡que gracioso! ¡ Le vamos a dar a usted una cena que ni se imagina, que calamares ni calamares!

- - Pero si los calamares están muy ricos…-intenté por última vez sintiendo como se alejaban de mí aquellos aros dorados y brillantes…

- - Nada, nada, se viene usted con nosotras que tendrá que lavarse un poco…, pasaremos por alguna tienda para comprarle algo de ropa

Me sentí como un prisionero al que le ponen condiciones humillantes para conseguir su libertad. Siempre he sido un pelín orgulloso y quizás ese orgullo es el que me había llevado a noches de cartón y camas de baldosas municipales, así que intenté contener mi ira y levantándome les dije:

- - ¿Y no les importaría que comiésemos ya en vez de esperar a la noche? Es que llevo tres días sin comer…

- - Pero hombre, hay que preparar las cosas y todo, no sea usted impaciente…-contestó la vieja con la despreocupación de quien tiene la cabeza vacía y el estómago lleno…

Me llevaron a un enorme ático en el Barrio de Salamanca. “Deben estar forradas estas cabronas”, pensé entonces. La hermana más alta no paraba de parlotear mientras que la bajita no me quitaba ojo de encima. No se fiaba mucho y no le puedo culpar por ello; mi ropa hacía tiempo que había dejado de tener un color definido, mi pelo arrastraba consigo toda la suciedad del aire de Madrid junto con lo que recogía de mis almohadas improvisadas, la barba crecía sin orden ni concierto enmarañándose en una red imposible de arreglar y a mi alrededor el aire se hacía irrespirable. Sentí vergüenza; la pena ya la había dejado atrás hacía tiempo.

El piso estaba tibio al entrar. El salón parecía un museo de muebles antiguos; sillones y sofás de aspecto mullido, alfombras de varios estilos, lámparas de forja, mesas de caoba, sillas que debían pesar una tonelada, cortinas de terciopelo, un par de relojes de cuco y un enorme carrillón que sonaba como el mismísimo infierno…Me empujaron amablemente hacia el baño no sin antes entregarme la ropa que habían comprado de camino. El baño era mucho más grande que alguno de los cajeros donde había dormido últimamente. No recordaba la última vez que me había dado una ducha de agua caliente. Es curioso como el agua parece llevarse no sólo la mugre exterior. Las noches heladas, los días sin otra meta más que llegar al día siguiente, los recuerdos de un pasado difícil, los rostros de los que te dejaron atrás cuando la vida se empezó a torcer…todo parecía irse por el mismo desagüe que el agua para dejar paso a un hombre nuevo. Recorté la barba y el pelo, que ya se confundían en una sola madeja, con las tijeras que me habían prestado, me afeité con la cuchilla que compraron y al mirarme de nuevo al espejo comencé a pensar que después de todo, estas ancianas no me caían tan mal.

No había vivido una noche igual desde aquellos felices tiempos de hacía más de una década, cuando nos reuníamos toda la familia a escuchar el mensaje navideño del Rey, que a mí siempre me sonaba igual, pero que conmovía a mis padres y hacía aplaudir a rabiar a mi abuelo. El olor mezclado a gambas cocidas, a consomé, y a asado al horno me transportaron a la cocina de mi abuela, a los besos repetidos en las mejillas mientras intentaba zafarme para coger un mazapán, a los cachetes de mi madre por no hacer caso a mi abuela, a mi padre diciendo “déjalo mujer, que es Navidad…”, a mi abuelo pidiendo silencio y a mis primos cogiendo a puñados las bolitas de coco y guardándolas en los bolsillos.

Mientras comíamos (o mejor dicho, mientras devoraba), me preguntaron cómo había llegado a esta situación; entre mordisco y mordisco les expliqué que empecé la universidad pero que tuve que dejarlo para ayudar a mis padres en el negocio familiar, una pequeña librería en la zona de Chamberí que a duras penas se sustentaba con la llegada de los grandes centros comerciales. De siempre fui un soñador y un orgulloso y me resistí a vender el negocio a la muerte de mis padres, seguro de que la gente prefería un trato personal cuando iba a comprar un libro; me ahogué en mis propios ideales y me quedé sin negocio y sin hogar. Mi mujer me dejó entre lágrimas de cocodrilo. Meses más tarde supe que se había ido a vivir a Toledo con un empleado de banca que sus padres le habían presentado. El resto, les dije para no aburrirlas, son historias de estaciones de metro y calles de Madrid, de parques y cementerios, de escribir para no perder la cordura y de caminar por una ciudad cada vez más desconocida… Me despedí de ellas a medianoche, y aunque me insistieron para que me quedara a dormir, en mi interior sabía que no debía acostumbrarme al olor de sábanas limpias, que luego la realidad te abofeteaba más fuerte por haberle sido infiel…

Regresé al cabo de tres o cuatro días, aprovechando que mi aspecto aún era decente, para darles las gracias y entregarles una nota que había escrito para ellas, porque uno ha tenido mala suerte en la vida pero aún recuerda algo de la buena educación que le regalaron sus padres. Al no responder a la puerta, le fui a dejar la nota al portero del edificio, que al indicarle la dirección, me dijo que “allí no vivían dos señoras ancianas, una alta y parlanchina y otra bajita y muy callada”, y que ese ático llevaba cerrado más de dos años…

Un escalofrío peor que el de aquellas noches heladas recorrió mi espalda. Hacía tiempo que había dejado el vino barato más por obligación que por convicción, y mi estómago me decía que aquella noche no había sido un sueño…

Desde este suceso, toda mi suerte pareció cambiar a mejor. Tanto, que ahora puedo contar mi historia y van a pagarme por ello.

Pero eso será otro día. Ahora, como cada 24 de Diciembre desde aquella noche, voy a la Plaza Mayor a comerme un bocadillo de calamares…

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails